« No hay documento de cultura que no sea, al mismo tiempo, un documento de barbarie ». Esta sentencia de Walter Benjamin, escrita bajo la sombra del fascismo en el siglo XX, resuena hoy cada vez que encendemos una pantalla.
Solemos imaginar el progreso digital como una « nube » etérea, pero detrás de la pantalla no hay magia, hay trabajo invisible y recursos agotados. El progreso digital, del que tanto nos enorgullecemos, depende de la minería de litio en nuestro norte y de miles de personas en países pobres que pasan el día clasificando datos por centavos para que la Inteligencia Artificial parezca inteligente.
Esta desconfianza de Walter Benjamin en el progreso técnico encuentra un eco en el pensamiento de Sigmund Freud, quien también puso en jaque el optimismo civilizatorio. Y es que la barbarie no es solo un hecho histórico o material ; es, sobre todo psíquica. En El malestar en la cultura, Freud advirtió que el ser humano se ha convertido en un ‘dios con prótesis’ : un ser que ha expandido sus sentidos mediante la técnica, pero que no ha encontrado en ella la felicidad, ni un avance moral sino una nueva forma de sufrimiento.
Al contrario, lejos de civilizarnos, el diseño actual de la red parece haber encontrado la llave maestra para liberar y monetizar la expulsión de muerte. Si el progreso liberal prometía que la interconectividad nos haría más hermanos, el algoritmo ha demostrado lo contrario : el odio, el conflicto y la deshumanización del otro son mucho más rentables para la maquinaria del engagement que cualquier forma de eros o acuerdo.
Ante este panorama, la idea del progreso como un tren imparable hacia la perfección se revela como un mito peligroso. No asistimos a una evolución, sino a una acumulación de catástrofes digitales que capturan nuestra atención, vacían nuestro pensamiento y colonizan nuestras vidas. Por eso, recuperar a Benjamin y a Freud no es un ejercicio de nostalgia académica, sino una necesidad existencial.
Para Walter Benjamin, la idea de progreso no representa una fuerza liberadora, sino una ilusión peligrosa. En un mundo deslumbrado por la inteligencia artificial y la conectividad total, su crítica se alza como una de las más radicales del siglo XX. Benjamin sostiene que lo que llamamos « progreso » no es el ascenso hacia una sociedad más justa, sino una acumulación de escombros que se amontona ante nuestros ojos mientras nos empeñamos en mirar hacia adelante. Para el filósofo berlinés, la barbarie no es lo opuesto a la civilización, sino su contracara constitutiva. No existe documento de cultura —ni avance técnico, por sofisticado que sea— que no arrastre consigo las ruinas de los vencidos y el silencio de los oprimidos.
Durante décadas se nos prometió que Internet sería el motor definitivo de una democracia mundial y transparente. Pero esa fe ciega en el progreso técnico actuó como un velo : mientras celebrábamos la interconectividad, nos impedía ver cómo la herramienta se metamorfoseaba en un sistema de captura. El resultado está a la vista : lo que nació como promesa de libertad se ha consolidado como una vigilancia masiva y monetización del odio, donde la « innovación » no es más que la automatización de viejas formas de dominio. El progreso técnico ha perfeccionado la agresión mediada por pantallas, eliminando el rostro del otro.
Debemos dejar de lado la falsa idea de que la tecnología es neutral. La técnica no es una herramienta inocente : los ‘señores nubelistas’, como los llama Yanis Varoufakis, han diseñado una arquitectura cuya intención es capturar nuestra vida a cualquier precio en una deshumanización programada. Si seguimos creyendo que el progreso es un tren que nadie puede detener, terminaremos siendo simplemente el combustible de esa maquinaria, entregando nuestra renta y nuestra voluntad a los nuevos dueños de la nube y abandonando la lucha política por el control de la técnica. Si aceptamos pasivamente la virtualización de la vida como un destino inevitable, renunciamos a la capacidad de decidir qué tipo de sociedad queremos construir y cómo queremos vivir.
Para romper el ciclo de pasividad, Benjamin proponía una tarea urgente : « peinar la historia a contrapelo ». Traducido a nuestro tiempo, esto significa rebelarse contra la comodidad de la superficie digital y la dictadura del algoritmo. La barbarie digital se alimenta de las « cámaras de eco », esas burbujas donde el sistema nos encierra para que solo escuchemos lo que ya pensamos y el « otro » deja de ser un semejante para convertirse en un enemigo o en un bot. Peinar el algoritmo a contrapelo es negarse a ser un dato o un consumidor de estímulos para volver a ser un ciudadano activo con capacidad de juicio.
Si, como decía Benjamin, el capitalismo es una religión que solo produce culpa y desesperación, el algoritmo es su liturgia diaria. Marx afirmaba que las revoluciones son la locomotora de la historia mundial, pero Benjamin, con una lucidez profética, sugirió que tal vez las cosas sean diferentes : quizá las revoluciones sean el gesto de la humanidad que viaja en ese tren y que echa mano al freno de emergencia. Hoy, la verdadera tarea política no es acelerar hacia la próxima actualización tecnológica, sino tener el coraje de detener la maquinaria y la audacia de accionar el freno de emergencia. Ese es, quizás, el único acto de cultura que nos queda para no terminar devorados por nuestra propia técnica. Solo así podremos transformar este documento de barbarie digital en un verdadero espacio de cultura y emancipación.
Nora Merlin* para Página 12
Página 12. Buenos Aires, 12 de febrero de 2026.