Accueil > Réflexions et travaux > LAMENTAMOS LA LLEGADA DE UN MUNDO EN EL QUE « LA FUERZA ES LEY »
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La incursión de Trump en Venezuela alejará aún más países del sistema occidental.
Finalmente ha sucedido. Tras meses de acumulación militar en el Caribe, el asesinato ilegal de más de un centenar de personas en barcos pesqueros venezolanos —muchos de ellos civiles— y la incautación igualmente ilegal de petroleros venezolanos, la administración Trump ha intensificado drásticamente su agresión contra Venezuela.
En la madrugada del sábado, las fuerzas estadounidenses lanzaron un ataque militar a gran escala contra varios lugares, incluida la capital, Caracas, que se saldó con la captura —o, más exactamente, el secuestro— del presidente venezolano Nicolás Maduro.
Las bases para esta operación se han estado preparando durante meses. La principal justificación fue la afirmación de que Venezuela es un Estado « narcoterrorista » en el centro del comercio de fentanilo, responsable de la crisis de sobredosis en Estados Unidos, una acusación que ha sido completamente desmentida.
Rápidamente se añadieron otras acusaciones : que el país alberga a « terroristas respaldados por Irán » (otra afirmación sin fundamento) y, como era de esperar, la afirmación de que el cambio de régimen tiene como objetivo llevar la « democracia » y la « libertad » al pueblo venezolano.
Pero, en última instancia, una vez eliminadas todas las capas de propaganda, este ataque se reduce a una sola cosa : un acto de agresión completamente injustificado y flagrantemente ilegal contra un país que no representaba ninguna amenaza real para Estados Unidos.
Los objetivos reales son transparentes. En primer lugar, hacerse con el control de las vastas reservas petroleras de Venezuela, las mayores del mundo. En segundo lugar, derrocar a un aliado clave del bloque geopolítico no occidental alineado con China y Rusia. En resumen, se trata de otra guerra más para cambiar de régimen, por parte de un presidente que hizo campaña precisamente con el objetivo de poner fin a las « guerras eternas » de Estados Unidos.
En este sentido, el ataque es revelador no solo por lo que hace, sino por lo que indica sobre la naturaleza cambiante de la política exterior estadounidense. Según varios analistas, la recientemente publicada Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos, junto con los esfuerzos de Trump por negociar un acuerdo en Ucrania y reducir los compromisos militares en Europa, indica una aceptación sobria del orden multipolar emergente y un alejamiento de la tradicional dependencia de Washington de la contención militar directa de las grandes potencias rivales.
Sin embargo, el ataque a Venezuela sugiere una conclusión diferente : que Estados Unidos sigue decidido a ralentizar o frenar la transición hacia la multipolaridad, aunque no mediante un conflicto directo con China o Rusia, sino redoblando una estrategia globalizada de guerra por poderes que apunta a los eslabones más débiles del sistema rival. Venezuela encaja perfectamente en esta lógica.
La operación supone la ampliación de un modelo ya probado en otros lugares, en el que la escalada se desplaza a escenarios periféricos : cualquier país vulnerable que se niegue a alinearse con Estados Unidos y sus aliados se convierte en un objetivo potencial, especialmente aquellos situados en lo que Washington vuelve a reivindicar como su esfera de influencia « otorgada por Dios » : el hemisferio occidental. Esto equivale a un resurgimiento de la Doctrina Monroe [América para los Americanos (para ellos, no para todos los Americanos)] en una forma actualizada y abiertamente militarizada.
Esto no apunta al fin de la confrontación entre grandes potencias, sino a un cambio en la forma en que Estados Unidos la gestiona : mediante la desestabilización permanente y un caos artificial, donde incluso las reglas más elementales de la coexistencia internacional se descartan.
En este sentido, el ataque a Venezuela es quizás la demostración más clara hasta la fecha del colapso del llamado « orden basado en reglas ». Se podría objetar que este orden siempre fue una ficción. El derecho internacional, la soberanía y la no intervención fueron violados sistemáticamente por Estados Unidos y sus aliados, incluso cuando se aplicaron selectivamente contra otros. Desde golpes de Estado encubiertos hasta campañas de bombardeos e invasiones directas (Granada, Panamá, Irak, [Libia, Serbia, Irán, etc...]), Washington ha ignorado durante mucho tiempo las mismas reglas que decía respetar.
Sin embargo, hoy existe una diferencia cualitativa. En el pasado, Estados Unidos al menos intentó encubrir sus acciones con lenguaje legal o moral y fabricar un consenso nacional e internacional, por muy fraudulento que fuera. Esa moderación ha desaparecido, reducida a palabrería que pocos creen.
La administración Trump también actúa sin tener en cuenta la opinión pública. Encuestas recientes muestran una abrumadora oposición estadounidense a la acción militar contra Venezuela, al igual que hubo una fuerte oposición al bombardeo de Irán y a la complicidad occidental en la masacre israelí en Gaza. Nada de esto ha importado.
Esta normalización de la barbarie conlleva graves consecuencias. A nivel internacional, acelera el descenso hacia una anarquía absoluta, donde la ley del más fuerte es la única regla vigente. Esto es especialmente peligroso en un mundo donde Estados Unidos ya no ostenta el monopolio de la violencia global, como demostró la invasión rusa de Ucrania. De hecho, el ataque a Venezuela —y el silencio de la UE al respecto— pone al descubierto la hipocresía de las narrativas occidentales sobre Ucrania , debilitándolas aún más a ojos de gran parte del mundo.
También plantea una pregunta obvia : ¿con qué fundamento moral o legal podría, por ejemplo, Occidente oponerse a la acción china contra Taiwán, cuando Washington acaba de aplicar la misma lógica a Venezuela : violencia preventiva dentro de una esfera de influencia autodeclarada ?
El hecho de que sea improbable que China siga este camino no hace más que subrayar el contraste : el atractivo global de Pekín reside, en parte, precisamente en su compromiso con la construcción de un nuevo orden mundial basado en la no intervención y la igualdad soberana, los mismos principios que Occidente está en proceso de demoler.
En última instancia, este último ataque alejará a aún más países del sistema occidental, al tiempo que Estados Unidos responde intensificando las amenazas contra quienes lo hacen.
Y las consecuencias no se limitarán a la geopolítica. A medida que las élites occidentales descarten las restricciones legales y morales en el extranjero, se sentirán cada vez más justificadas al hacerlo en casa, acelerando la erosión de las garantías constitucionales y las libertades civiles.
Este proceso ya está en marcha. La pregunta ya no es si el llamado orden basado en normas se ha derrumbado, sino cuánta destrucción se causará, tanto en el extranjero como en el país, antes de que las sociedades occidentales se vean obligadas a afrontar las consecuencias de la anarquía desatada por sus élites.
Thomas Fazi* para The Telegraph
The Telegraph. Londres, 3 de enero de 2026.
Original : « We will regret the dawn of a ‘might makes right’ world ». London, 3 january 2026.
Traducido del inglés para y por : El Correo
El Correo de la Diaspora. París, 17 de enero de 2026.