recherche

Accueil > Les Cousins > Uruguay > Uruguay la tierra de Artigas, país de emigración

5 février 2003

Uruguay la tierra de Artigas, país de emigración

 

Por Diego Sempol
Brecha, Montevideo

Adiós que te vaya bien y acordate de nosotros. Más de 450 mil uruguayos viven actualmente en el exterior. La enormidad de la cifra y las escasas posibilidades de que la tendencia se revierta en el mediano plazo obligan a un cambio de mentalidad que integre al Uruguay ’de adentro’ con el ’de afuera’.

Todos los viernes se repite la misma escena en el Aeropuerto de Carrasco : rostros desgarrados y lágrimas pueblan la sala de espera abarrotada con familiares y allegados que van a despedir a los que parten. Una rápida inspección revela que casi siempre son jóvenes los que se van y viejos los que se quedan. La escena resulta una fuerte metáfora del Uruguay contemporáneo : un país envejecido que expulsa por ciclos la poca sangre fresca que aún genera (ya en el censo de 1985 sólo 34,4 por ciento de la población tenía menos de 20 años).

Una república ’gerontocrática’ que se defiende a brazo partido y que subsiste, pese a la erosión, ladeando a sus jóvenes. La profundización de la crisis económica y social agudizó esta tendencia de largo aliento. La tasa de desempleo, de 19 por ciento para el total de población activa, trepa al 25 entre los más jóvenes. Las ’estrategias de espera’ (retraso de la salida del hogar paterno, trabajos con baja remuneración pero ligados a la actividad profesional deseada), promovidas por el viejo modelo ahora en crisis, dejaron de ser una opción real para muchos uruguayos. Desde 1999 cobró fuerza la reinstalación de una nueva corriente emigratoria cuyo cierre aún no se vislumbra. Actualmente, según la estimación de especialistas, entre un 12 y 13 por ciento de los uruguayos, unas 450 mil personas, viven en el exterior. Qué efectos podrá tener este dato sobre la viabilidad de un desarrollo local es una pregunta que ronda muchas cabezas.

Al borde del despoblamiento

Uruguay llegó a la vida independiente, en 1830, con apenas 74 mil habitantes. Una densidad tan baja (un habitante cada 2,5 kilómetros cuadrados) explicaba la cantidad de campos desiertos y las quejas de los industriales por la falta de un pujante mercado interno. Cuando se realizó el primer censo, en 1852, el país contaba con 132 mil habitantes a pesar de los efectos cruentos de la prolongada Guerra Grande. La primera oleada fuerte de inmigrantes llegó a fines del siglo xix y principios del xx, permitiendo a la República atravesar tímidamente en 1908 el umbral del millón de habitantes.

De los 52 millones de inmigrantes que cruzaron el Atlántico entre 1824 y 1924, 11 millones llegaron a América del Sur. La mitad eligió como destino a Argentina, el 37 por ciento a Brasil, y 5 por ciento a Uruguay, distribuyéndose el 9 por ciento restante entre los demás países latinoamericanos. Al principio fueron casi todos españoles, italianos y franceses, y después comenzaron a venir de lugares ’menos tradicionales’, como Europa central y del este. No pasó mucho antes de que aquel país de ’puertas abiertas’ pusiera sus primeras leyes restrictivas a la inmigración (en 1932 y 1936), con normas de fuerte tinte xenofóbico. La última oleada de inmigrantes llegó después de la Segunda Guerra Mundial, y a partir de entonces este proceso se detuvo significativamente. El caso de Uruguay es bastante especial, ya que a partir de 1960 pasó de ser un país receptor de migración, a uno expulsor neto de población. Durante esa década los uruguayos se fueron fundamentalmente hacia Argentina, Estados Unidos, Canadá, Venezuela, Australia y países europeos. El contraste entre el comienzo y el fin de siglo es notorio : por un lado la sorpresa de los uruguayos en 1914 al descubrir que después de cinco años el país contaba con 200 mil personas más, de las cuales 110 mil eran extranjeros recién llegados, y por otro la desazón que se vivió cuando se supo que 200 mil personas emigraron entre 1963 y 1975 por razones políticas y económicas. De este fuerte contingente que partió durante los sesenta y setenta el 75 por ciento residía en Montevideo, y el 50 por ciento tenía entre 15 y 29 años. La mayoría formaba parte del sector privado de la economía, y el 10 por ciento estaba fuertemente calificado (científicos, técnicos, administradores de nivel superior). Durante este período -explica el sociólogo César Aguiar- el país ’perdió un 7,2 por ciento de su población total, un 18 por ciento de su población de entre 20 y 29 años, un 14,4 por ciento de los egresados universitarios, un 17,4 por ciento de sus profesionales, técnicos, gerentes y administradores de nivel superior, y un 27,9 por ciento de su ocupación industrial. Si tomamos sólo la población de Montevideo, los datos son más alarmantes : 12,1 por ciento de su población total, 31 por ciento de su población de entre 20 y 29 años, 20 por ciento de sus profesionales, técnicos, gerentes y administradores superiores’. Entre 1963 y 1975, recalca Aguiar, se fueron en definitiva más uruguayos que los inmigrantes que el país captó durante todo el siglo XX. Para la demógrafa Adela Pellegrino, ’Uruguay es un caso atípico con respecto a los planteos generales con que se analiza la migración internacional, ya que experimentó una fuerte emigración hacia el exterior sin estar sometido a la presión del alto crecimiento demográfico y, por otra parte, figura entre los países de América Latina que detentan mejores indicadores de desarrollo humano’. El auge emigratorio durante los setenta obedeció a que a la crisis económica naciente se sumó el impacto del proceso autoritario.

Crecimiento negativo

No existen hasta el momento datos oficiales sobre la actual oleada inmigratoria. Para saberlo con precisión se necesita un nuevo censo nacional. De todas formas Pellegrino considera, gracias al estudio de indicadores parciales, que unas 20 mil personas están dejando el país cada año. ’Entre febrero y agosto de 2002 hay un saldo negativo de 29 mil personas. Para la escala de Uruguay es mucha gente, ya que es el equivalente al crecimiento natural de la población. La emigración está eliminando el crecimiento natural y este año podríamos llegar a tener crecimiento negativo.’ Otro indicador indirecto son las encuestas de hogares que se realizan en los países que reciben emigrantes uruguayos. En Estados Unidos la colonia de uruguayos es la que porcentualmente creció más en el último decenio, pasando de 20 mil a 80 mil personas.

El perfil de quienes emigran está aún por determinarse. Pero a partir de trabajos de campo, la actual corriente emigratoria tiene un perfil distinto a la de los setenta : históricamente en Uruguay se iban más hombres que mujeres, lo que habría cambiado debido a que las mujeres tienen una alta participación en el mercado laboral. En los setenta Montevideo era el punto de emigración mayoritario. Aun los que provenían del Interior pasaban algún tiempo en la capital antes de decidirse a abandonar el país. Ahora los emigrantes salen directamente de sus departamentos sin hacer ’escala’ en Montevideo. Existen, por ejemplo, redes muy organizadas en Paysandú y Artigas que conectan directamente con Nueva Jersey. En los setenta la mano de obra calificada iba a Estados Unidos y la menos calificada a Argentina. Según Pellegrino, este perfil que antes cruzaba a la vecina orilla es el que está emigrando hacia Estados Unidos o España gracias a que se redujo el precio de los pasajes, a que existen redes sociales y hay fuertes sistemas de crédito. La mayoría de estos emigrantes trabajan en el área de servicios (limpieza, restauración, empresas de reparación). El promedio de edad sigue siendo bajo, aunque Pellegrino detectó en Estados Unidos indicios de que también estarían emigrando grupos familiares completos, entre los que se cuentan parejas de 40 o 50 años. ’En Estados Unidos estuve un mes entrevistando gente, y era común el comentario de que ’en Uruguay no hay más posibilidad de conseguir trabajo después de los 35 años, mientras que acá sí se sigue valorando la experiencia’’, explicó la demógrafa.

Emigración y desarrollo

Ya es un lugar común la predicción de que los países desarrollados van a padecer en poco tiempo un déficit demográfico debido al fuerte proceso de envejecimiento poblacional que atraviesan. Tanto europeos como estadounidenses tienen presente que si no siguen recibiendo inmigrantes jóvenes en general y calificados en particular su fuerza de trabajo va a terminar descalificada, lo que pone en peligro en el corto plazo la calidad de vida promedio. Pero este trasiego de recursos calificados de una zona del mundo a otra es objeto de valoraciones muy distintas a nivel académico. Los trabajos de evaluación propuestos por el National Research Council de Estados Unidos concluyeron que el aporte inmigratorio en su país es positivo. Mucho menos clara parece ser la respuesta cuando se evalúa el impacto emigratorio en los países de origen. Pese a que se considera que hay una relación ’no resuelta’ entre emigración y desarrollo, existen dos escuelas encontradas en este tema. La ’internacionalista’ entiende la emigración como positiva para todas las partes implicadas, ya que para el país de origen significaría una disminución de la tensión social y para el receptor la utilización de un capital ocioso que a su vez recibe mejores retribuciones que en su país de origen. A su vez, la escuela ’nacionalista’ estima que el capital humano es clave para el desarrollo económico de cada país, y sostiene que la emigración calificada descapitaliza este rubro, más aun cuando realizó fuertes inversiones para generarlo. ’Valorar a la emigración en forma positiva porque opera como válvula de escape es muy relativo, ya que si no se diluyera la presión social se podrían generar más soluciones creativas y no un mantenimiento del statu quo’, piensa Pellegrino.

El envejecimiento de la población uruguaya fue cronológicamente temprano y el siglo xx no hizo más que confirmarlo. En 1908 los mayores de 64 años totalizaban apenas el 2,5 por ciento, 7,7 en 1963, 9,7 en 1975 y ya un 15 por ciento en el 85. En 1908 había 6,1 personas mayores de 64 años por cada menor de 15 ; en 1963 la proporción trepó a 27,2 y en 1975 a 36,3. La estrecha relación entre población activa y pasiva (un trabajador y medio por cada pasivo) somete a una fuerte presión a todo el sistema de jubilaciones y pensiones. El déficit poblacional se produce en una población pequeña, que a diferencia por ejemplo de la de México no cuenta con una tasa de crecimiento significativa que convierta a la emigración en una verdadera válvula de escape.

Pellegrino piensa que los que se van son aquellos que tienen condiciones de competir en mercados más difíciles, y los que se quedan son los menos calificados, por lo que la emigración termina siendo más que una válvula de escape una forma de empobrecimiento de la fuerza de trabajo local. Por eso es que para esta investigadora ’el impacto de la emigración es negativo en Uruguay, ya que consolida el envejecimiento de la población y la pérdida de sectores con fuerte dinamismo en la sociedad’.

El economista demógrafo Juan José Calvo prefirió rescatar los ’claroscuros’ que encierra el fenómeno. ’Es cierto que la población uruguaya es pequeña, lo que dificulta el desarrollo de un mercado interno, pero también esta característica permite enormes ahorros en el desarrollo de estructura básica que exige una sociedad con crecimiento. Si el país pasara a tener 10 millones de personas eso no es garantía de que mejore nuestra situación. Tal vez sería todo lo contrario. Hay que recordar a su vez que con la emigración se abren nuevas oportunidades. La última encuesta de juventud en Uruguay demostró una propensión emigratoria alta, muchos jóvenes lo manejan como una opción para lograr su realización personal. Gracias a la emigración una parte de la población adquiere capacidades que difícilmente hubiese adquirido si hubiese seguido siempre acá, y surgen redes académicas y económicas que facilitan la comunicación y las opciones individuales.’ Pero en los hechos, para Pellegrino, el impacto real en el país de origen de las pericias adquiridas por los emigrantes en el exterior sería relativo. ’La evidencia empírica muestra que, en muchos casos, los migrantes que retornan no encuentran ámbitos estimulantes para volcar los conocimientos adquiridos afuera. La experiencia migratoria es utilizada para lograr ahorros que permitan asegurar la reinserción social, pero existe poca evidencia de que se utilicen realmente los conocimientos adquiridos’.

El envío de remesas es otro de los beneficios económicos clave que arroja una emigración. En 1997 el Fondo Monetario Internacional ubicó en 77 billones de dólares el monto total de las transferencias mundiales por ese concepto. En El Salvador, destacó Pellegrino, las remesas son del mismo orden de magnitud que las exportaciones, mientras que en República Dominicana llegan aproximadamente a la mitad. Anualmente a México van dos billones de dólares en forma de remesas, 84 millones de los cuales son destinados a inversiones directas y otra buena parte al consumo, lo que estimula la demanda de bienes y servicios. ’Si bien hay países que consideran que se compensa la pérdida de capital social a través de las remesas, en Uruguay no sucedería lo mismo -afirma Pellegrino-. Aquí es el núcleo familiar entero el que emigra, mientras que en Centroamérica generalmente emigran sólo uno o dos miembros del grupo, que van a trabajar al exterior para sostener al resto de la familia.’ Calvo estima en cambio que también en este plano Uruguay se estaría ’latinoamericanizando’. ’Tengo la percepción de que el envío de dinero está adquiriendo mayor importancia’, indica. Antes, ejemplifica, era común que se pagaran las cuotas del Banco Hipotecario, el colegio de sobrinos, etcétera, por esa vía, pero ahora, debido a la crisis, las remesas son en algunos casos lo esencial de los ingresos de algunas familias. Ya hay comercios locales, por ejemplo cadenas de supermercados, que idearon sistemas para que uruguayos en el exterior regalen a sus parientes que quedaron en el país la canasta de limentos que éstos ya no pueden comprar.

Minimizar la diáspora

Durante el retorno a la democracia operó la Red de Uruguayos en el Exterior, que fue clave para lograr la reconstrucción de los niveles locales de enseñanza e investigación. El programa generó un fuerte intercambio y consolidó la colaboración con los residentes en el exterior. Pero la red ya no funciona con sus cometidos originales, y ninguna otra iniciativa ha tomado su lugar. Calvo estima que de una vez por todas se debe operar un cambio de mentalidad para ligar a los uruguayos ’de afuera’ y ’de adentro’, partiendo de la base de que Uruguay excede largamente a las personas que viven en el territorio. Irlanda, e incluso Italia, con la salvedad del tamaño de este país y de las dimensiones actuales de su economía, son ejemplos en ese sentido. ’Hay que incorporar al proyecto del país a todos los individuos que no residen dentro de fronteras. El hecho de que no quieran volver no quita que puedan tener una fuerte disposición a participar de un proyecto nacional. Es momento de pensar cómo articular a los 450 mil uruguayos que residen fuera con los que aún están aquí, a través de la creación de eficaces redes económicas y académicas de las que todos podríamos beneficiarnos’, dice Calvo.

Para Pellegrino las políticas dirigidas a facilitar el retorno o la revinculación deberían antes que nada propugnar el mantenimiento de los derechos políticos de los residentes en el exterior (ya que hace objetiva la relación entre la persona y su sociedad de origen) y estar relacionadas con programas regionales que aseguren la viabilidad de la propuesta de retorno. Estimular estos contactos puede llegar a ser una forma real de paliar los efectos más negativos de la emigración, estima la historiadora y demógrafa. La fuga de cerebros (que en Uruguay tiene un promedio estable del 10 por ciento) podría revertirse si se facilitaran las migraciones pendulares o circulares. ’La fuga de cerebros se puede convertir en brain gain (adquisición) gracias a la revolución en las telecomunicaciones, y puede complementarse con brain circulation (estadías cortas en otros países) o brain exchange, es decir una emigración de habilidades pero no física por medio del desarrollo de los sistemas de trabajo en línea.’

Los factores subjetivos son centrales en las corrientes migratorias. La existencia de un proyecto de ’país posible’ podría operar como disparador para que muchos opten por quedarse, y para que otros tantos sigan apostando al país desde afuera. Estimular la confianza, como afirma Pellegrino, y realizar verdaderas inversiones para religar a los emigrados deben ser dos aspectos centrales de un conjunto de medidas globales que la realidad nacional exige con urgencia.

Libre circulación en el Mercosur

En noviembre pasado los cancilleres de los cuatro países del Mercosur, Chile y Bolivia aprobaron una ley que permitiría la residencia automática de sus ciudadanos en cualquiera de las seis naciones. La normativa, que debe ser refrendada por los parlamentos nacionales, permitiría borrar de un plumazo la situación de ’ilegalidad’ de muchos inmigrantes. De todas formas, para Juan Carlos Calvo, este cambio jurídico tendría pocas consecuencias en el corto plazo. ’No hay que esperar movimientos espectaculares de gente, ni fantasear con la posibilidad de una invasión de trabajadores de baja calificación, o con un Uruguay de 10 millones en pocos años. El cambio facilita la circulación, pero no va a impedir procesos que naturalmente se dieron con ausencia o presencia de esta reglamentación’, estima. Adela Pellegrino considera a su vez que nunca existieron grandes dificultades para la emigración de los uruguayos hacia los países vecinos. ’Estas normas tienen impacto cuando existen polos dinámicos, como lo fueron Buenos Aires y San Pablo, pero en la situación actual no parece especialmente significativo su aporte’, concluye.

Retour en haut de la page

El Correo

|

Patte blanche

|

Plan du site

| |

création réalisation : visual-id