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7 septembre 2010

Philippe II y las bancarrotas españolas.

par Pierre Bezbakh

 

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Los campeones del mundo de fútbol, el mejor jugador de tenis del planeta y el vencedor de la Vuelta de Francia ciclista son españoles. Pero, al lado de este éxito deportivo, España conoce una situación económica preocupante : crecimiento reducido, tasa de desempleo del 20 %, la crisis inmobiliaria y déficit de las finanzas públicas (cerca del 12 % del PIB) hacen temer que el país tenga dificultad para reembolsar su deuda.

Guardada toda proporción, esta situación evoca la que conoció España en el siglo XVI. En 1519, Carlos V se encuentra a la cabeza de un inmenso imperio : descendiente de los Habsbourg austríacos, heredero del trono de España y de las posesiones flamencas, ha sido llevado a la cabeza del Sacro Imperio Romano Germánico por grandes electores codiciosos. Gracias al pillaje de las colonias americanas, el oro y el dinero llegan a España en gran cantidad.

Así, cuando el hijo de Carlos V, Felipe II, sucede a su padre en 1556, España es en apariencia la más grande potencia europea. Pero se trata sólo de una ilusión. En efecto, Felipe II tiene dificultad para financiar sus gastos debidos a la construcción de palacio, al mantenimiento de los grandes de España y a las guerras contra la Francia, los turcos, Inglaterra y los Flamencos rebelados...

Entonces, las llegadas de metal precioso son intermitentes : hay que extraer el dinero de las minas de Potosi (hoy en Bolivia), encaminarlo hasta el mar y cargarlo sobre galeones que deben afrontar las tempestades y los corsarios ingleses y franceses.

Créditos dudosos

También, cuando las cajas están vacías, el reino español emite préstamos, práctica poco original pero que se hace recurrente y de gran amplitud. Son suscritos por prestamistas extranjeros, como los Fugger alemanes y los banqueros genoveses, que acumulan « créditos dudosos », pero continúan prestando sabiendo que perderán todo si dejan de hacerlo, hoy como los grandes bancos continúan prestando a los Estados sobre endeudados. La diferencia es que en esa época, los prestamistas esperaban la prometida llegada de metales americanos, mientras que en nuestros días, los prestamistas esperan que otros Estados o los bancos centrales sostengan los países en dificultades.

Sin embargo, tres veces (1557, 1575, 1598), Philippe II no pudo honrar sus deudas, como sus sucesores, Felipe III y Felipe IV, en 1607, 1627 y 1647. Estas bancarrotas a repetición arruinaron a los que habían confiado en el Estado español, y de rechazo restringieron todavía más las oportunidades de financiamiento de la economía real, mientras que los banqueros ya privilegiaban los préstamos a los señores laïcs y eclesiásticos, que les dilapidaban en gastos militares y fastuosos.

Para no haber querido echar mano de los más ricos, ni sabido estimular su producción interior, la España del siglo XVI se hundió en la crisis y, al siglo siguiente, fue desplazada por los países de Europa del Norte al artesanado y comercio dinámicos.

Hoy, en el momento en el que la deuda del conjunto de los países del planeta se eleva a 41.000 mil millones de dólares (32.300 mil millones de euros), la bancarrota de los países más endeudados no será evitada que si la fiscalidad es menos complaciente con los más afortunados, y que se financien suficientemente la inversión productiva y las creaciones de puestos de trabajo, las fuentes de nuevas entradas fiscales.

Traducción del español para El Correo de : Carlos Debiasi

Le Monde . París, el 7 de septiembre de 2010.

* Pierre Bezbakh, Profesor la Universidad Paris-Dauphine

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