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17 février 2003

La crisis del café y el comercio sostenible

 

Por Óscar Gutiérrez

Una taza de café en cualquier barrio de Nueva York o París puede llegar a alcanzar el precio de 3,60 dólares. Por esa misma taza de café, un cafeticultor de la región andina sudamericana o del sudeste asiático recibe tan sólo 24 centavos de dólar, un mezquino 7% que, por supuesto, ni cubre el coste de producción ni las necesidades básicas de los recolectores. Son las consecuencias más directas de una crisis que en los dos últimos años ha sumido en la pobreza a más de 25 millones de personas, sin que por ello, el comercio de café de las cuatro grandes transnacionales (Nestle, Kraft Foods, Procter & Gamble y Sara Lee) haya detenido su crecimiento económico.

¿Cómo se explica que, a pesar de la bajada de precios, las compañías sigan manteniendo sus beneficios en el comercio del café ? La fórmula parece sencilla : mientras la producción y el índice de precios se mantuvieron estables al paraguas de la Organización Internacional del Café (OIC) y del apoyo de Estados Unidos a través de una política comercial vía cuotas a la importación y la restricción a la producción, el precio de la libra del café llegó a superar los 2,40 dólares en Colombia, segunda exportadora de café detrás de Brasil. Roto este Pacto Mundial del Café en 1989 con la retirada de Estados Unidos de la OIC, el empujón del Banco Mundial a la libre explotación de los cultivos en Asia, inundó el mercado con un café de mala calidad hasta reducir su precio en más del 50% y sobrepasar la demanda de los consumidores.

La respuesta de las transnacionales ante la caída de precios en el mercado internacional no ha sido otra que el consentimiento a una sobreoferta de producción indiscriminada que, sin embargo, compensa el descenso de la demanda con una reducción de la partida que llega a los pequeños agricultores.

Vietnam ha relegado a Colombia al tercer puesto en exportaciones con un precio de entre 0,25 y 0,30 dólares la libra de café. Al lado de Vietnam, señalado como principal causante de la caída de los precios, otros países como Indonesia, India, Laos, Angola y Brasil han saturado el mercado con la variedad de grano robusta, un café de baja calidad y menor precio que priva a los consumidores de la variedad de grano tradicional arábiga cultivado por los viejos "jinetes cafetaleros" de los años 50 y 70, Honduras, Guatemala y El Salvador, junto al resto de países centroamericanos, Colombia y México.

Es precisamente Centroamérica la región que más está sintiendo la crisis del café con un desempleo que ha afectado directa o indirectamente a más de 1,5 millones de personas. Casi la mitad de la población dedicada al cultivo de los cafetales en Guatemala ha tenido que cambiar de trabajo o marchar a la ciudad ; mientras en El Salvador, donde el índice de desnutrición infantil en el territorio nacional es del 23%, la crisis del café ha duplicado esta cifra en las regiones dedicadas a la recolección del grano.

Más al norte, en los Estados mexicanos de Chiapas y Oaxaca, el desempleo de los caficultores, sumado al maltrato de la política agrícola, les ha conducido a menudo a toparse con la muerte en un intento por atravesar la frontera con Estados Unidos de forma irregular. En Colombia, sin embargo, la crisis del café, lejos de llevar al abandono de la tierra cultivable como ocurre en Vietnam o India, está sustituyendo la recogida del grano por la plantación de la hoja de coca. El comercio de uno de los aromáticos de mejor calidad del mundo ha sido desbancado por las exportaciones de petróleo y acero.

Parece evidente que una de las soluciones a la crisis del café pasa por limitar la producción de grano hasta subir los precios en el comercio internacional. Esta sería la teoría en el contexto de la economía de mercado. En la práctica, la OIC ya lo intentó el pasado año y recibió la negativa de los países asiáticos y Brasil. En cualquier caso, no resulta muy coherente esperar que regiones tan devastadas como El Salvador quemen los cultivos de café para subir el precio de las exportaciones. Ni la OIC es la OPEP, ni el cultivo de café depende tan sólo de la llave de un grifo como en el petróleo.

Las alternativas a la crisis del café se encuentran en lo que algunas ONG han denominado comercio sostenible. Si la producción de países como Vietnam ha crecido un 400% en la última década es porque su cultivo ha apostado por la lógica aportación de las nuevas tecnologías, a la vez que ha pasado por encima del medio ambiente en fincas sin sombra en dónde los rayos del sol aceleran el efecto de los agroquímicos y erosionan la tierra facilitando las inundaciones. El café producido de manera sostenible crece en fincas tradicionales bajo sombra, necesita mayor tiempo de maduración (café gourmet), ofrece el hábitat para la vida silvestre y reduce el impacto del medio ambiente.

Es una apuesta por la caficultura orgánica diversificada, un café de calidad asociado al desarrollo sostenible y al comercio justo al margen de intermediarios, que mejore el precio que se paga a los agricultores y reduzca la oferta con una nueva reestructuración del campo. Una idea que dista mucho de hacerse realidad por la falta de liquidez del caficultor y las trabas a la exportación de la agricultura latinoamericana.

La única alternativa para el agricultor por el momento es colocar el grano de café en el mercado porque no hay otra cosa que vender. Hasta entonces el compromiso recae en la labor de la UNCTAD (Conferencia de Naciones Unidas para el Comercio y Desarrollo), los avances de la OMC en las reformas al comercio de productos agrícolas, el papel de las grandes transnacionales y, sobre todo, la actitud de los consumidores por un comercio justo y sostenible.

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