Accueil > Les Cousins > Brésil > El ataque de los buitres en Brasil
Por Valdemar Menezes
Adital, 31 de octubre 2003
Brasil - La dificultad de la elite latinoamericana para lidiar coherentemente con la democracia es un hecho bien establecido en la historia del continente. En Brasil no es diferente : es usual que el discurso democrático ceda lugar a artimañas desestabilizadoras siempre que el monopolio de poder de la elite sufra la menor amenaza de rasguño. En las últimas semanas se han intensificado las maniobras de las fuerzas derrotadas para desestabilizar al Gobierno de Lula. La primera embestida fue en el sentido de poner en duda la legalidad del orden político vigente en el País.
De repente, el ministro del Supremo Tribunal Federal, Nelson Jobim, creyó a bien revelar a la Nación que algunos artículos de la Constitución Federal habrían sido incluidos en la Carta de 1988 sin pasar por la votación de los constituyentes. Es notable que haya esperado 15 años para hacer esa "revelación".
Constitucionalistas respetables dieron por tierra sus argumentos. Ni siquiera así la maniobra dejó de proseguir, pues la revelación fue motivo de una polémica sin fin en la prensa, inocultablemente orientada para deslegitimar el orden jurídico vigente. No es difícil suponer que la cantinela tiene por objetivo forzar la convocatoria de una Constituyente revisora para modificar la Constitución del 88, sueño impulsado hace mucho por ciertos segmentos del empresariado, contrariados por los obstáculos ofrecidos por la Carta al propósito de la institucionalización completa del neoliberalismo. El argumento utilizado es el de la búsqueda de la gobernabilidad. Eso se refiere tanto a las conquistas sociales incorporadas por la Constitución, como a ciertos mecanismos políticos que dificultan la monopolización del poder por la facción asociada al capital extranjero.
La otra meta inocultable es utilizar la Constituyente revisora para cambiar el sistema presidencialista de gobierno y adoptar el parlamentarismo. La solución parlamentarista es mantenida en suspenso por las elites y sacada a relucir en cada crisis, de acuerdo con las conveniencias de esos sectores. Es hasta aceptable (por medios legítimos) la posibilidad de que el país descarte el presidencialismo, un sistema que ha contribuido a la demolición cíclica del Estado Democrático de Derecho en Brasil. Ocurre que eso sólo sería posible con la ruptura del orden jurídico, puesto que dos veces la propuesta fue derrotada en plebiscito, además de que las consultas puedan ser clasificadas de viciadas por la falta de un debate efectivo y esclarecedor y por las maniobras cuestionables, desde el punto de vista legal, para truncar su efectivización. En el caso en cuestión, la sospecha es que se trate de una articulación para vaciar los poderes de Lula, en un posible segundo mandato.
La otra tentativa de desestabilización tiene como objetivo alcanzar la imagen ética del gobierno, lanzando sospechas de malversación de dinero público por cuadros de la alta jerarquía administrativa. Fue lo que sucedió con la ministra de Promoción Social Benedita da Silva y el ministro de Deportes Agnelo Queiroz. Ambos, aparentemente, víctimas de errores burocráticos prontamente solucionados. En el caso de Benedita, la maniobra es inescrupulosa, teniendo como principal pièce de resistence el gasto de R$ 5.000, 00 (casi U$S 2.000,00) en un viaje realizado a Argentina donde, además de contactos oficiales, ella participó de un culto evangélico. Queiroz, por su parte, es acusado de no haber devuelto en tiempo y forma un dinero de viaje no utilizado. Ambos casos podrían ser clasificados, lo máximo, como un pequeño desliz, teniendo en cuenta el historial ético de los dos cuadros, ampliamente demostrado en sus vidas con anterioridad. Los calumniadores cayeron como buitres sobre los ministros y han intentado por todos los medios de lanzar la mancha de descrédito no sólo sobre ellos, sino sobre todo el gobierno.
Sin embargo, nada de eso es novedad : las clases dominantes brasileñas siempre actuaron de esa manera, incomodándose muy poco por las consecuencias nefastas de una crisis que pueda a futuro maltratar la democracia brasileña, como tantas veces fue visto en este País.
*Valdemar Menezes es periodista.