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ESTADOS UNIDOS "NO QUERÍA IR SOLO" A LA GUERRA DE IRAK
El libro que acaba de publicar el ex embajador británico en Washington, Christopher Meyer, donde critica y ridiculiza al jefe de gobierno Tony Blair y sus ministros, conmociona a la clase política del Reino Unido, acostumbrada a confiar en sus consejeros.
Por AFP
La República. Washington, lunes, 14 de noviembre de 2005
En "DC Confidential", Meyer afirma principalmente que el año anterior a la guerra en Irak, el Primer Ministro y su entorno, demasiado fascinados por la administración norteamericana, no intentaron negociar el tipo de participación británica en el conflicto.
"Nosotros puede que fuéramos el asociado menor en la empresa", explica, "pero nuestra carta en la manga era que Estados Unidos no quería ir solo".
Sir Christopher considera, en particular, que si Blair se hubiera atrevido a poner condiciones a Washington, hubiera conseguido un plazo de unos meses antes de iniciar las hostilidades, lo cual hubiera permitido obtener de paso el apoyo de Francia y Rusia.
Las revelaciones del diplomático, nombrado en Washington hasta febrero de 2003, y del que dos diarios publicaron fragmentos, han suscitado fuertes reacciones ya que los responsables políticos se indignan tanto por el contenido como por el hecho de que un cargo así no respete el deber de reserva.
La reacción más airada vinó del titular de Relaciones Exteriores, Jack Straw, un ministro descrito en "DC Confidential" como "pigmeo".
"Es completamente inaceptable (...) traicionar la confianza como él ha hecho", expresó Straw. "Esto pone en entredicho la relación clave entre los altos funcionarios y los ministros".
Según Straw, el libro "causó una gran inquietud en todo el servicio diplomático".
El secretario general del Foreign Office escribió al conjunto de los diplomáticos para recordarles la importancia de mantener relaciones de confianza con los responsables del gobierno.
Downing Street habló de "mal gusto" y Straw se refirió a observaciones "grotescas y deshonrosas".
Y es que el iconoclasta Meyers no tiene incoveniente en saltarse parte de los usos de rigor. Un buen ejemplo es la devastadora descripción de un encuentro en Camp David, la residencia de campo de los presidentes estadounidenses, entre Blair y George W. Bush.
"Bush parecía distendido", se puede leer, "llevaba lo que se adivinaba su ropa habitual de fin de semana. Blair contrastaba con un aire forzado. Sus esfuerzos para parecer despreocupado quedaban arruinados por su incapacidad para meter las manos en los bolsillos" de un pantalón de pana demasiado apretado.
En cuanto al ex primer ministro John Major, predecesor de Blair, parece que recibía a Meyers muy temprano en camisa y calzoncillos y comentaba la prensa en su dormitorio mientras su señora tomaba un té en la cama conyugal.
El ex alto funcionario Robin Butler, que trabajó con cinco jefes de gobierno, teme ahora que el libro "impida (en el futuro) las conversaciones francas" entre los ministros, sus asesores y los diplomáticos, y eso tenga "consecuencias enojosas".
El autor del libro preside actualmente la Press Complaints Commission (PCC), organismo encargado de examinar las críticas contra lo que sale publicado en los diarios británicos.
"¿Cómo podemos fiarnos de alguien que divulga que conversó con un primer ministro en calzoncillos?", se pregunta el diputado Alan Keen, que instó a sir Christopher a renunciar a su cargo en la PCC.