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24 de marzo de 2004

Crisis de la Derecha en Chile: la casa de ordena de golpe

 

Por Raúl Blanchet
EL SIGLO, 22 de marzo del 2004

La vida política nacional ha cobrado en los últimos años un ritmo acelerado, marcado por escándalos debidos al incremento de una crisis moral y ética nunca superada, sobre todo caracterizada por el apuro con que se adoptan medidas y fórmulas para apropiarse y repartirse el país entre los bloques dominantes.

La crisis que atraviesa la derecha indica que algo no está funcionando en el engranaje y que diversos ajustes se hacen inminentes si se quiere conservar el actual balance. Sin embargo, lo más probable es que la porfiada realidad diga la última palabra.

Los sucesos desencadenados con el golpe de autoridad ejecutado por Joaquín Lavín el 9 de marzo, no sólo sacudieron a la derecha sino al sistema político imperante en su totalidad.

El suceso dio lugar a toda clase de reacciones más allá del bloque directamente afectado, también el oficialista. Es que estaba en juego el balance del sistema binominal.

Dos han sido las principales interpretaciones sobre el origen de los hechos. La de aquellos que vieron en lo ocurrido la consecuencia lógica del desgaste de la derecha, de sus métodos de hacer su vida política interna, como de la elaboración y aplicación de su proyecto nacional, que según Carlos Huneeus carece de contenidos y sólo busca producir efectos marketeros en la gente.

Se agregan a lo anterior las naturales pugnas intestinas por cuotas de poder, que se han expresado abiertamente en reiteradas oportunidades. Todo ello, gatillado por el aumento de la tensión suscitada bajo las investigaciones en torno al caso de pedofilia que mantiene en prisión a Claudio Spiniak, cabecilla de una red de pedófilos y proxenetas de menores de edad, que se dice estaría vinculado a parlamentarios de la Alianza por Chile y al menos uno de la Concertación.

También hay quienes ven detrás de las maniobras de Lavín una mano más poderosa reordenando el mapa político nacional; por un lado en busca de garantizar el equilibrio del binominalismo conservando los dos bloques, pero a la vez incrementando el peso de uno de ellos: el más eficaz para la ejecución de las estrategias trazadas en una perspectiva global y fundamentalmente regional. Todo, orientado a no tocar en lo fundamental el modelo ni el sistema político vigente, aunque ante la naciente correlación se lleguen a materializar algunas de las reformas constitucionales, que ya están pactadas y concebidas para no causar efectos de fondo, como es por ejemplo la eliminación de senadores designados y algunos retoques al sistema binominal.

Crisis en el poder

Todo indica que la crisis de la Alianza por Chile es una crisis dentro del poder, donde están en disputa las cuotas de éste de que cada grupo y bloque dispone y las que aspira a tener, tanto como la manera de ejercerlo. No son pocos los que a la hora de evaluar, por ejemplo, el papel y estilo de Pablo Longueira concluyen que su actitud autoritaria ha dañado al bloque derechista, como a su propio partido, la UDI.

También es cierto, según diversos analistas políticos, que el liderazgo al interior de la UDI se ejerce de manera dictatorial, con muy poca o nula participación de los militantes y las decisiones más importantes -o todas- se adoptan en las altas esferas. A lo anterior se agrega que la plana dirigente varía muy poco, ya que desde el surgimiento de ese partido casi ningún nombre ha variado en el equipo directivo, como tampoco se registra la incorporación importante de nuevos dirigentes.

De un modo u otro, se trata del rebote de una crisis que ayer tocó a la Concertación a través de los casos ENAP, coimas, Corfo-Inverlink y sobresueldos, materias todas en las que muchos pensaron que el cúmulo de información no sólo era enorme sino además de acceso complejo, lo que llevó a concebir que los golpes venían de una derecha bien provista de antecedentes por los organismos de inteligencia del militarismo. Hasta que estalló el caso Spiniak. Entonces, la rueda comenzó a girar en sentido contrario. Surgieron las sombras de que en las fiestas del pedófilo habían participado algunos senadores y el rumor venía del mismo bloque político: la Alianza por Chile. Saltó a la palestra Pía Guzmán, que en principio conoció la información con el DC Patricio Walker, que la dejó completamente sola, desconociendo públicamente que tuviera conocimiento de los datos entregados por los menores abusados y una de las mujeres que fue sometida a vejámenes en las fiestas de Spiniak. El cielo se puso borrascoso para la diputada RN, pero obtuvo el apoyo del presidente de su colectividad, Sebastián Piñera, que sería uno de los argumentos esgrimidos por la UDI, especialmente Pablo Longueira, para combatirlo con todo.

Golpe de autoridad

Golpe de autoridad, bautizaron desde la derecha la operación practicada por Joaquín Lavín, con el objeto de posicionarse como el único e indiscutido líder de los sectores que respaldaron a la dictadura.

Sea cual fuera el resultado del golpe ejecutado por Lavín, muchas son las interrogantes que quedan abiertas. ¿Por qué ocurrió todo? ¿Fue el episodio de la testigo falsa una causa fundamental? ¿O sólo fue el pretexto para acelerar el paso de un proyecto diseñado con mucha antelación? Y de ser así, ¿por qué uno de los bloques dominantes decidió readecuar sus mandos? ¿Cuál fue la necesidad de hacerlo, si la existencia de dos grandes bloques garantiza el equilibrio del sistema basado en el binominalismo?

La salida de Longueira era una necesidad urgente y se hacía inminente, desde que hablara con Jaime Guzmán y este le revelara desde el más allá que había un complot contra la UDI en el caso Spiniak, en el que el desaparecido fundador sindicaba al padre José Luis Artiagoitía como uno de sus promotores. A partir de esa declaración, los dichos del ex timonel fueron de mal en peor y él desencadenó una verdadera guerra a muerte contra sus aliados o contra algunos de sus dirigentes. El clima se tronó insostenible, la Alianza comenzó a hacer agua en forma creciente. La popularidad de Longueira caía en picada y con ella crecía el riesgo para el proyecto presidencial de la UDI.

El detonante de la fase final de la crisis fue sin duda la aparición de la testigo que anunció tener la UDI para demostrar que hubo un complot en su contra desde la directiva RN. Testigo que habría escuchado una conversación telefónica entre Andrés Allamand y Sebastián Piñera, intercambiando información acerca de la ’bomba’ de la que sería portadora Pía Guzmán: el que habría parlamentarios de la Alianza implicados en el caso de abusos sexuales a menores de edad, en las fiestas de Claudio Spiniak.

Pese a la intensidad de las recriminaciones mutuas entre la UDI y RN, finalmente la existencia de la testigo resultó ser un bluff que se desplomó solo. Pero los lesionados fueron figuras de importancia; y las lesiones, graves.

Sin embargo, el episodio de la testigo falsa fue sólo un componente del clima tormentoso que envolvió al bloque derechista y aun cuando se le hizo aparecer como factor decisivo de la crisis -ciertamente operó como detonante- las causas de fondo todavía no emergen con toda claridad en su auténtica forma y magnitud.

Con motivo de las acusaciones de la UDI, sustentadas principalmente por Pablo Longueira contra Andrés Allamand y Sebastián Piñera de manera vehemente, el segundo se aprestó a presentar tres querellas contra los autores de esas acusaciones, en las que se verían involucrados además del asesor de Lavín, Patricio Cordero, el propio presidenciable de la derecha, que con seguridad sería citado a declarar por el tribunal. Las querellas todavía no están descartadas del todo, según declaraciones del propio Piñera, y penden aún sobre las cabezas de los personeros UDI.

Cuando se disparaban las alarmas de una batalla final, Andrés Allamand se puso junto al alcalde de Santiago y se hizo pública la creación del nuevo equipo de campaña del edil, bautizado como los neo-samurais -los samurais primitivos habían sido alejados por el propio Lavín por esos días. Entre ellos ya estaba Allamand desde octubre de 2003. Con su opción, Allamand considera que fortalece la opción presidencial de Lavín y vitaliza a la derecha tras ella, y como considera que eso beneficia los intereses del país la habría adoptado de manera resuelta. Los neo samurais son: Andrés Chadwick, Cristián Larroulet, Juan Andrés Fontaine y el propio Andrés Allamand. A ellos se suman los alcaldes Gonzalo Cornejo, Jaqueline van Rysselberghe, ambos UDI, y los RN Raúl Torrealba y Manuel José Ossandón.

Entre Piñera y la directiva RN, la interpretación es otra. Sin calificar a Allamand como traidor, dan a conocer su decepción y molestia, aunque diplomáticamente Piñera insiste en que algún día prevalecerá la amistad que los une a ambos, concepto que también sostiene Allamand, convencido de que su amigo comprenderá más adelante la justeza de su paso junto a Lavín.

La historia de una guerra

La trayectoria de la alianza derechista ha sido áspera desde sus inicios. Cuando la dictadura se aprestaba a enfrentar el plebiscito de 1988, se encontraban reunidos en Renovación Nacional los representantes políticos del régimen, unidos en la colectividad: la UDI, Unión Nacional y Frente Nacional del Trabajo (FNT). Pero en marzo de ese año, Jaime Guzmán exigió la suspensión de las elecciones internas del conglomerado, pues no tenían garantizado vencer en los comicios. Guzmán exige la renuncia a la presidencia de la colectividad de Sergio Onofre Jarpa, propone un pacto de ’control’ del partido entre él y Andrés Allamand, que es rechazado por éste y Jarpa. En medio de un agudo conflicto intestino, el Tribunal Supremo expulsa a Guzmán. Sus seguidores abandonan en masa RN y crean la ’UDI por el Sí’. La mano del ministro del Interior de la época, Sergio Fernández, está detrás de la operación que persigue alinear a RN con la candidatura de Augusto Pinochet en el plebiscito. Como Allamand y Jarpa no ofrecen garantías al propósito, la UDI quiebra finalmente a RN.

Tras la derrota del dictador en el plebiscito, RN lanza la candidatura presidencial de Jarpa. La UDI, con el respaldo de sectores más ligados al Ejército y apoyados por Sebastián Piñera y Allamand, postula al ministro de Hacienda, Hernán Büchi, quien acepta pero abandona temporalmente la contienda para regresar dos meses más tarde, esta vez alejado de Piñera y compañía, para convertirse en el candidato del régimen.

Bajo amenazas del gobierno, presiones de la UDI y de los empresarios sobre RN y su postulante a la presidencia, logran que Piñera se baje de la contienda, para terminar como senador por la Séptima Región Sur.

La vocación totalitaria de quienes nacieron al vida política al amparo de las bayonetas y con poderes omnímodos basados en el dominio sin contrapeso de todos los ámbitos de la vida nacional, convirtieron en práctica habitual el someter no sólo a sus adversarios, sino también a sus aliados, al diseño de sus políticas y disposiciones estratégicas o tácticas.

Como señala el cientista político Carlos Huneeus, identificado con la Democracia Cristiana, en el fondo de lo ocurrido subyacen las verdaderas condiciones que hacen de la UDI una colectividad habituada al autoritarismo y rigidez en su funcionamiento y estilo de intervenir en política, como lo demostraron cuando aplicando su estilo confrontacional derrotaron al propio Andrés Allamand -presidente del partido aliado- en su postulación al Senado en 1997. Otro ejemplo fue la maniobra que bajó a Sebastián Piñera de su postulación a senador por Valparaíso en 2001, para reemplazarlo por el comandante en jefe de la Armada, almirante Jorge Arancibia.

Su nacimiento lleva la impronta autoritaria de las instituciones de la dictadura a cuyo amparo se dio, desde la Secretaría Nacional de la Juventud, la secretaría de los gremios, los diversos cargos administrativos, luego en las alcaldías de los distritos que hoy representan en el Congreso, sostiene Huneeus, o cuando se desempeñaban como altos funcionarios de la dictadura, asesores de ministros y subsecretarios, dominados por la lógica amigo-enemigo.

El equilibrio del sistema

Para algunos analistas, el sistema político basado en el binominalismo no puede funcionar sin uno de sus bloques fundamentales. Si uno de ellos flaquea, hace tambalear toda la estructura de poder -dirección, administración y control-, por lo que aun cuando las odiosidades y diferencias parezcan insuperables tiene que surgir una solución ’unitaria’ que salve al binominalismo, pues de otro modo el desplome del modelo político-económico se torna en la más grave amenaza, el colapso que acabe con todo el sistema e imponga como única salida un cambio estructural de todo. Colapso que los sectores dominantes resistirán con todas sus fuerzas.

El Presidente Ricardo Lagos otorgó de hecho durante la entrevista que realizó Televisión Nacional el domingo 14 de marzo, el ’nombramiento oficial’ de Joaquín Lavín como el líder único de la derecha nacional, y precisó que será él -Lavín- quien determinará si el mandatario conversa o no con las directivas de los partidos de la Alianza por Chile. No fue un gesto menor, sino la consagración del golpe practicado al interior del conglomerado derechista, que dejó todas las riendas del poder en manos del presidenciable UDI. Una fórmula para asegurar la sobrevivencia de la otra mitad indispensable para conservar el santo equilibrio del binominalismo.

Otras sombras recorren el subsuelo de la reyerta política derechista. Así lo demuestra la reunión encabezada por el senador designado y ex comandante en jefe de la Armada, Jorge Martínez Busch, en Rancagua, con militares en retiro, con la finalidad de formar un nuevo partido político.

El partido en formación se llama Movimiento Unitario Nacional y contaría, según el senador designado, con directivas funcionando en el resto del país.

Su objetivo sería respaldar las demandas económicas de los militares en retiro, y en su preocupación por los cerca de 110.000 ex uniformados que podrían verse implicados en procesos judiciales por violaciones a los derechos humanos, informó la Tercera Digital del 15 de marzo. En 2003, Martínez Busch y Fernando Cordero, ex general director de Carabineros, dieron impulso a esta iniciativa. En julio de ese año, la naciente ’colectividad’ fue inscrita por Juan Carlos Nielsen, ex jefe del Estado Mayor del Ejército y reconocido hombre del círculo duro del pinochetismo, bajo el nombre de Nueva Fuerza Nacional.

El impulso de la nueva ’colectividad’ no refleja que la UDI y en definitiva la Alianza por Chile, hayan dejado de ser las organizaciones políticas herederas de la dictadura y representativas de versiones diversas del militarismo. Sólo parece demostrar que los estrategas del sistema no ponen todos los huevos en una sola canasta, menos aun en un escenario tan contaminado y convulso como la política nacional a partir de la acumulación de promesas olvidadas por los gobiernos de la Concertación, los sucesivos escándalos por corrupción, escándalos políticos en ambos bloques, desde el llamado Piñera-Gate al caso Spiniak, pasando por el caso drogas y los crímenes de lesa humanidad cometidos durante la dictadura, que permanecen todavía sin castigo.

¿Una casa en orden?

Luego del agudo conflicto de la Alianza por Chile y la salida que encontró mediante la intervención de Lavín, la estabilidad de la casa no estará garantizada de manera absoluta cuando le corresponda enfrentar el fragor de las campañas electorales venideras, porque no se puede precisar hasta dónde Renovación Nacional soportará que sea un comité creado por Lavín quien designe a sus candidatos a las municipales, y deja abierta la incógnita de si será ése el esquema para designar los candidatos al parlamento en 2005 y más tarde lleve las riendas de la campaña presidencial, dejando atrás un reguero de heridos de todas las magnitudes.

En la UDI, la salida de Longueira y el nombramiento de Jovino Novoa para sustituirlo en mayo próximo sellaron una parte importante de la operación ’lavinista’. Se ordenó el contingente principal del pinochetismo, el más leal al dictador, para hacer frente a los liberales tipo Piñera, que aparentemente amenazan la defensa y conservación de la obra de las Fuerzas Armadas. Pero también en la UDI hay heridos, empezando por Longueira, y el camino no se ve libre de dificultades que la colectividad normalmente capea apoyada en la disciplina vertical que ha cultivado desde siempre.

La enconada contienda desatada por el caso Spiniak continuará con el intento de la UDI por desaforar a Pía Guzmán, intento que numerosos abogados han caracterizado como destinado al fracaso.

Al interior de RN y la UDI, las aguas se conservarán agitadas por los nuevos y forzados ajustes entre partidarios de los defenestrados timoneles y de los nuevos grupos dirigentes, como ilustran las declaraciones que a diario realizan personeros de ambas tiendas, tanto en pro como en contra de las medidas aplicadas y de las posiciones adoptadas por los vencedores: Lavín y su equipo de campaña.

A pesar de desmentidos, descalificaciones y amenazas, la sombra del caso Spiniak se cierne sobre la UDI como una amenaza fantasmal. No en vano el sacerdote José Luis Artiagoitía, conocido por sus cercanos como el padre ’Jolo’, sostuvo en una entrevista dos semanas atrás que en la causa se produciría el desafuero de algunos parlamentarios y que incluso algunos recibirían penas de presidio. Lacónico en su declaración, no necesitó más para hacer más explosiva la atmósfera política.

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