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6 février 2015

« El mito del Choque de Civilizaciones » Edward W. Saïd

par Edward W. Saïd *

 

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Comenzaré hablando de un ensayo y un libro escrito por Samuel Huntington, titulado The Clash of Civilizations. Cuando apareció por primera vez en 1993, en la revista Foreign Affairs, el título aparecía entre signos de interrogación y en su primera frase anunciaba que la política mundial está entrando en una nueva fase. Tres años después, Huntington amplió el ensayo –algunos dirían que lo « infló »– hasta convertirlo en un libro publicado el año pasado [1996] con el título de The Clash of Civilizations and the Emerging World Order, esta vez ya sin signos de interrogación. Mi premisa es que el ensayo es mejor que el libro, es decir, que los añadidos empeoraron el texto original. Por eso centraré mi atención en el ensayo, aunque haré algunos comentarios sobre el libro según vayamos avanzando.

Ahora bien, lo que Huntington quería decir cuando afirmó que la política mundial estaba entrando en una nueva fase es que, considerando que los recientes conflictos mundiales han sido entre bandos ideológicos, agrupando al primer, segundo y tercer mundo en entidades enfrentadas, el nuevo estilo político que él intuye implicaría conflictos entre distintas civilizaciones, presumiblemente opuestas. Cito al autor : « las grandes divisiones entre la humanidad y la principal fuente de conflictos serán culturales. El choque de civilizaciones dominará la política mundial. » Más adelante explica que el conflicto principal será entre la civilización occidental y las civilizaciones no occidentales, pero dedica casi todo su tiempo a dos, discutiendo los desacuerdos, posibles o reales, entre lo que él llama Occidente, por un lado, y las civilizaciones islámica y confuciana, por el otro. En concreto, dedica mucha más atención –una atención hostil– al Islam que a cualquier otra civilización, incluyendo la occidental. Gran parte del tremendo interés prestado posteriormente al ensayo de Huntington creo que deriva del momento en que lo escribió y no exclusivamente de lo que escribió.

Como él mismo señala, se han hecho varios intentos intelectuales y políticos desde el final de la Guerra Fría para trazar un mapa de la situación mundial que está surgiendo, entre los que se incluye la tesis de Fukuyama sobre el fin de la historia, de la cual nadie habla, de modo que ese es el verdadero fin de Fukuyama (risas). Y la tesis defendida durante los últimos días de la Administración Bush [se refiere a Bush padre], la teoría del llamado Nuevo Orden Mundial. Pero ha habido intentos más serios de analizar el próximo milenio en trabajos como los de Paul Kennedy o Eric Hobsbawm, menos interesantes y más fanáticos como los de Conor Cruise O’Brien, Robert Kaplan, y un libro de Benjamin Barber titulado Jihad vs. McWorld que al parecer circula por los campus universitarios. Todos estos libros han examinado con gran esmero las causas de los conflictos futuros en el milenio que viene, las cuales han sido para todos ellos, creo que con justicia, motivo de alarma.

El núcleo de la tesis de Huntington, la cual realmente no es original suya, es un enfrentamiento incesante, una idea de conflicto que hasta cierto punto se desliza sin esfuerzo en el espacio político vacante a través de la continua guerra de ideas y valores encarnada en la no lamentada Guerra Fría, de la cual Huntington fue sin duda un gran teórico. No creo, por tanto, que sea inexacto sugerir que lo que Huntington ofrece en su trabajo –sobre todo porque está dirigido en especial a los creadores de opinión y a los responsables políticos– es de hecho una versión revisada de la tesis de la Guerra Fría, según la cual los conflictos en el mundo actual y futuro ya no serán económicos o sociales sino esencialmente ideológicos. Y si eso es así, una ideología, el Occidente, es el eje o el lugar alrededor del cual, según Huntington, el resto de civilizaciones giran. Por lo tanto, la Guerra Fría continúa, pero esta vez en muchos frentes, con sistemas de valores mucho más conflictivos y arraigados, como el Islam o el Confucianismo, luchando por la supremacía e incluso el dominio sobre Occidente. Por eso no resulta sorprendente que Huntington concluya tanto su ensayo como su libro con un estudio de lo que debería hacer Occidente para conservar su poder y mantener a sus oponentes débiles y divididos.

Dice lo siguiente : « Occidente debe explotar las diferencias y los conflictos entre los estados confucianos e islámicos para apoyar a otras civilizaciones que simpaticen con los intereses y valores occidentales, fortalecer las instituciones internacionales que reflejen y legitimen esos valores e intereses, y promover la intervención de estados no occidentales en esas instituciones. » Desde luego, ésta es una actitud muy intervencionista y agresiva hacia otras civilizaciones, con el fin de conseguir que éstas sean más occidentales. Las tesis de Huntington insiste tan poderosamente en que otras civilizaciones están necesariamente en conflicto con Occidente y es tan implacablemente agresiva y chovinista en su modo de entender lo que Occidente debe hacer para seguir saliendo triunfante, que los lectores se ven obligados a concluir que en verdad está más interesado en continuar y ampliar la Guerra Fría por otros medios que en tratar de ayudarnos a entender la actual escena mundial o las ideas que intentan reconciliar a las distintas culturas.

Según afirma, no sólo continuará el enfrentamiento sino que la pugna entre civilizaciones será la última fase en la evolución del conflicto en el mundo moderno. El trabajo de Huntington se expresa de manera breve y bastante cruda, y hoy por hoy debe entenderse como un manual en el arte de mantener un constante estado de guerra en las mentes de los estadounidenses y otros. Me atrevería a decir que sus argumentos proceden de los planificadores del Pentágono y los ejecutivos de la industria de defensa, quienes pudieron haber perdido temporalmente sus empleos tras el final de la Guerra Fría, pero que ahora han descubierto una nueva vocación para sí mismos. Sin embargo, tal vez porque está más interesado en las recomendaciones políticas que en la historia o el análisis cuidadoso de las culturas, opino que Huntington es bastante engañoso en sus afirmaciones y en el modo de platear sus argumentos. En primer lugar, una gran parte de éstos depende de opiniones de segunda o tercera mano que no tienen en cuenta los enormes avances en nuestra comprensión, tanto práctica como teórica, de cómo funcionan las culturas, es decir, cómo cambian y cómo pueden llegar a ser comprendidas o conocidas.

Un breve repaso de las personas y las opiniones que cita Huntington sugiere que sus principales fuentes son el periodismo y la demagogia populista, en lugar de los conocimientos o los argumentos serios. Al inspirarse en publicistas y académicos tendenciosos, ya está predispuesto a favor de los argumentos que apoyan el conflicto y la polémica, en lugar de aquellos que buscan el verdadero conocimiento y el tipo de cooperación entre personas que necesita nuestro planeta.

Los juicios de Huntington no se formulan a partir de las culturas en sí mismas, sino a partir de un pequeño puñado de opiniones elegidas por él, las cuales, de hecho, enfatizan la belicosidad latente de algún que otro estamento, expresada por alguno que otro de los llamados portavoces de esa cultura. En mi opinión, el propio título de su libro y su ensayo lo dice todo : The Clash of Civilizations (« El choque de civilizaciones »). Esta expresión no es suya, sino de Bernard Lewis. En la última página del ensayo titulado The Roots of Muslim Rage (« Las raíces de la ira musulmana »), publicado por Atlantic Monthly en su número de septiembre de 1990, Lewis habla sobre el problema actual con el mundo islámico, y dice de manera sorprendente : « ya debería haber quedado claro que nos enfrentamos a un talante y a un movimiento en el Islam que trascienden con mucho el nivel de los intereses, las políticas y los gobiernos que las ponen en práctica. Se trata, ni más ni menos, de un choque de civilizaciones. La reacción quizás irracional, aunque histórica sin duda, de un antiguo rival contra nuestra herencia judeocristiana, nuestro presente laico [cada vez que oímos la palabra « nuestro » dan ganas de echar a correr] y la expansión de ambos a nivel mundial. Es de vital importancia que, por nuestra parte, no nos dejemos llevar por una reacción igualmente histórica, aunque también igualmente irracional, contra ese rival. » En otras palabras, no deberíamos estar tan locos como ellos. Por supuesto, las opiniones de Lewis también son muy valoradas en el Council on Foreign Relations , el New Yorker Review of Books, etc. Sin embargo, pocas personas de hoy en día con algo de sentido común asumirían generalizaciones tan excesivas como las propuestas por Lewis para mil millones de musulmanes esparcidos por los cinco continentes, y con docenas de idiomas, tradiciones y trayectorias históricas diferentes. Lewis dice de todos ellos que están furiosos con la modernidad occidental, como si mil millones de personas fueran en realidad una sola y la civilización occidental pudiera reducirse a una simple declaración de intenciones.

Pero lo que yo quiero subrayar en primer lugar es cómo Huntington ha tomado de Lewis , al estilo clásico del orientalismo, la idea de que las civilizaciones son monolíticas y homogéneas, y en segundo lugar, cómo, una vez más de Lewis , asume el carácter inmutable de la dualidad entre « nosotros y ellos ». En otras palabras, pienso que es absolutamente necesario dejar claro que Huntington, como Lewis , no es un escritor neutral, descriptivo y objetivo, pues en sí mismo es un polemista cuya retórica no sólo depende en gran medida de anteriores argumentos sobre la guerra [...] sino que, en efecto, los perpetúa. Lejos de actuar como mediador entre civilizaciones, lo cual él sugiere que podría estar haciendo, Huntington es parcial y defiende a una civilización por encima de las demás. Como Lewis , Huntington ofrece una definición reduccionista de la civilización islámica, como si lo más importante de ésta fuera su supuesto antioccidentalismo. Lo que quiero decir es que no parece importarle que los musulmanes puedan tener otras cosas que hacer que pensar sobre Occidente con odio, pues se tiene la impresión de que todos ellos están pensando en la manera de destruir a Occidente o, incluso en bombardear y destruir el mundo entero.

Por su parte, Lewis intenta ofrecer una serie de razones por la cuales el Islam nunca se ha modernizado, nunca ha separado la Iglesia del Estado y es incapaz de comprender a otras civilizaciones, todo lo cual es una absoluta falsedad. Me refiero, por supuesto, a que los árabes y los musulmanes viajaron por Oriente, África y Europa mucho antes que los europeos, descubriendo otras grandes civilizaciones mucho antes que Marco Polo o Colón. Pero a Huntington no parece importarle nada de esto. Para él, el Islam, el Confucianismo y las otras cinco o seis civilizaciones que todavía existen –hindú, japonesa, eslava, ortodoxa, latinoamericana y africana– están separadas entre sí y, por lo tanto, están potencialmente en conflicto ; un conflicto que él desea manipular, no resolver. Por eso escribe como un « administrador » de la crisis, no como un estudioso de las culturas y las civilizaciones, ni como alguien que busque la reconciliación entre ellas. Lo fundamental, y esto es lo que ha hecho que su trabajo toque la fibra sensible de los responsables políticos tras la Guerra Fría, es ese estilo que también podemos apreciar en los textos donde se justificaba la guerra de Vietnam, esa forma de dejar a un lado una gran cantidad de detalles innecesarios, pasando por alto numerosos conocimientos y experiencias para reducirlo todo a un par de ideas pegadizas y fáciles de citar y recordar, y luego presentarlas como pragmáticas, realistas, prácticas, sensatas y claras.

Ahora llego a la parte más importante de mi exposición :

  • ¿Es ésta la mejor manera de entender el mundo en el cual vivimos ?
  • ¿Es prudente crear un imagen simplificada del mundo para más tarde ofrecérsela a militares y legisladores civiles como un medio para comprender este mundo y luego actuar en él ?
  • ¿Acaso no es ésta una forma de prolongar y aumentar los conflictos ?
  • ¿Qué hacer para minimizar el conflicto entre civilizaciones ?
  • ¿Deseamos el choque de civilizaciones ?
  • ¿Acaso éste no activa las pasiones y el impulso homicida nacionalista ?
  • ¿No deberíamos plantearnos por qué se hace este tipo de cosas ?
  • ¿Para comprender o para manipular ?
  • ¿Para mitigar el riesgo de conflicto o para agravarlo ?

Me gustaría comenzar a estudiar la situación del mundo comentando lo frecuente que resulta hablar en la actualidad en el nombre de grandes abstracciones que, en mi opinión, son excesivamente vagas y manipulables. Así, se habla de « occidente », « cultura japonesa », « cultura eslava », « Islam » o « Confucianismo », etiquetas que reducen a ideologías las distintas religiones, razas y etnias, lo cual es mucho más desagradable y provocador que lo que hicieron Gabino y Renan hace 150 años.

Permítanme ofrecerles un par de ejemplos para explicarles lo que quiero decir. El lenguaje de la identidad de grupo surgió de manera especialmente llamativa durante la segunda mitad del siglo XIX, tras varias décadas de competencia internacional entre las grandes potencias europeas y americanas para dominar los territorios de África y Asia. En la pugna por ocupar los « espacios vacíos » de África –el llamado continente negro–, Francia, Gran Bretaña, Alemania, Bélgica o Portugal no sólo recurrieron a la fuerza sino a una gran cantidad de teorías y argumentos para justificar el saqueo. Quizás la más famosa de estas estratagemas sea la idea francesa de « misión civilizadora » (mission civilizatrice), un concepto subyacente según el cual algunas razas y culturas tienen objetivos más elevados en la vida que otras. Esto da a los más poderosos, los más civilizados y los superiores el derecho a colonizar al resto, no en el nombre de la fuerza bruta o el saqueo, los cuales son componentes habituales en este proceso, sino en el nombre de nobles ideales.

El relato más famoso de Conrad, The Heart of Darkness (« El corazón de las tinieblas »), es una presentación irónica, e incluso aterradora, de esta tesis. Tal y como dice el narrador : « La conquista de la tierra, que ante todo supone arrebatársela a quienes tienen una complexión distinta o narices ligeramente más chatas que las nuestras, no es algo agradable si se estudia con atención. Sólo la idea la redime. La idea que subyace a ella ; no una pretensión sentimental sino una idea ; y la creencia desinteresada en esa idea : algo ante lo cual postrarse y por lo cual sacrificarse. »

En respuesta a este tipo de lógica ocurren dos cosas. Una es que las potencias imperiales competidoras inventan su propia teoría cultural sobre el destino de los pueblos para justificar sus acciones en el exterior. Gran Bretaña tuvo la suya, Alemania tuvo la suya, Bélgica tuvo la suya, y por supuesto, con su doctrina del « destino manifiesto », Estados Unidos también tuvo la suya. Estas ideas redentoras dignifican la práctica de la competencia y el enfrentamiento, cuya verdadera intención, tal y como Conrad observó de manera bastante acertada, era el engrandecimiento propio, el poder, la conquista, las riquezas y un orgullo desenfrenado. Me atrevería a decir que lo que hoy llamamos política o discurso de la identidad, mediante el cual un miembro de un determinado grupo étnico, religioso o nacional sitúa a ese grupo en el centro del mundo, proviene de ese periodo de competencia entre los imperios a finales del siglo XIX, y esto, a su vez, ha dado lugar a la idea de los « mundos en guerra » que representa tan claramente la esencia del artículo de Huntington. En la economía política, la geografía, la antropología y la historiografía afines a esta idea, la teoría de que cada « mundo » se encierra en sí mismo, tiene sus propias fronteras y su territorio específico se aplica a nivel planetario y a la estructura de las civilizaciones, afirmándose que cada raza tiene su propio destino, su propia psicología y su propia escala de valores. Renan, por ejemplo, decía que la raza china está destinada a servir, porque es un pueblo dócil, y que los negros deberían ser los braceros y los obreros de la humanidad, porque poseen un físico poderoso y pueden trabajar duro. Todas estas ideas están basadas casi sin excepción en el enfrentamiento y el conflicto entre civilizaciones, y no en la armonía entre ellas.

La segunda cosa que ocurre es que las personas de condición más baja, los objetivos de la mirada imperial, por así decirlo, responden resistiéndose a su manipulación y eliminación forzosas. Ahora sabemos que la resistencia activa contra el hombre blanco comenzó desde el momento en que éste puso el pie en lugares como Argelia, África Oriental, India, etc. Más tarde, a esta primera ola de resistencia le siguió una segunda. Las organizaciones y los movimientos políticos y culturales estaban decididos a alcanzar la independencia y la liberación del control imperial. Justo cuando, en el siglo XIX, las potencias europeas y americanas comienzan a difundir un discurso erudito para autojustificarse, los pueblos colonizados responden desarrollando su propia retórica que habla sobre la unidad, la independencia y la autodeterminación de los africanos, los asiáticos, los árabes o los musulmanes.

En la India, por ejemplo, el Partido del Congreso se creó en 1880 y con el cambio de siglo ya había convencido a la élite india de que el único modo de alcanzar la libertad política era apoyando los idiomas, la industria y el comercio indios. Éstos son nuestros y sólo nuestros, se argumentaba, y sólo apoyando nuestro mundo frente al de ellos –obsérvese el principio del « nosotros contra ellos »– podremos finalmente ser independientes. Encontramos operando una lógica similar durante el periodo Meiji, en el Japón moderno. Algo parecido a esta retórica de pertenencia al grupo también está presente en el corazón de todos los nacionalismos y los movimientos de independencia, consiguiendo resultados poco después de la Segunda Guerra Mundial, no sólo al desmantelar los imperios anteriores a lo largo de un periodo de unos veinte años, sino al obtener la independencia de docenas de países a partir de entonces : Indonesia, la mayoría de los países árabes, Indochina, Argelia, Kenia, etc. Todos ellos surgieron en la escena mundial, a veces de manera pacífica, a veces por efecto de su propio desarrollo interno, como en el caso de Japón, o de desagradables guerras coloniales y de liberación nacional.

Por eso, tanto en las relaciones coloniales como en las post-coloniales, el discurso sobre la especificidad de las culturas o las civilizaciones se desarrolló en dos direcciones posibles. La primera, una vía utópica que insistía en un esquema global de integración y harmonía entre todos los pueblos ; la segunda, una vía que sugería que todas las culturas son tan especiales y tan celosas de sí mismas que rechazan y combaten a todas las demás. Como ejemplo de la utopía están las palabras y las instituciones de la ONU, fundada tras la Segunda Guerra Mundial, y el posterior desarrollo de varios intentos de gobierno mundial basados en la coexistencia, la limitación voluntaria de la propia soberanía y la integración harmoniosa de pueblos y culturas. Dentro de la segunda están la teoría y la práctica de la Guerra Fría y la idea más reciente del choque de civilizaciones, la cual parece ser una necesidad, y de hecho casi una certeza, para un mundo multipolar. De acuerdo a esto, las culturas y las civilizaciones están esencialmente separadas entre sí, es decir, que la esencia del Islam, al igual que la de Occidente, sería estar separado de todos lo demás.

No quisiera parecer injusto a este respecto. En el mundo islámico ha habido un renacimiento del discurso y de los movimientos que subrayan la oposición intrínseca entre el Islam y Occidente, justo cuando en África, Europa, Asia y otros lugares, como en Bosnia, han surgido tendencias que insisten en excluir o exterminar a quienes se considera indeseables. El apartheid blanco en Sudáfrica fue uno de estos movimientos, así como la idea sionista de que Palestina debe ser sólo para los judíos y que los palestinos, al no ser judíos, deberían ocupar un segundo plano. El afrocentrismo y el islamocentrismo son movimientos que también subrayan la independencia y la separación entre las culturas.

Dentro de cada civilización nos damos cuenta de que hay representantes oficiales de esa cultura que se arrogan el derecho de ser sus portavoces y se asignan el papel de explicar « nuestra » esencia, aunque sería mejor decir « la suya ». Esto siempre supone limitar, reducir y exagerar. Así es a un nivel inicial y más inmediato. Luego, las afirmaciones sobre lo que es o debería ser « nuestra » cultura o « nuestra » civilización necesariamente implican debatir sobre la definición. Por eso opino que lo más adecuado no es decir que vivimos en un periodo de choque de civilizaciones, sino de choque de definiciones. Cualquiera que sepa lo más mínimo acerca de cómo funcionan realmente las culturas, sabrá que definir una cultura explicando lo que significa para los miembros de la misma siempre es un debate habitual y muy importante, incluso en las sociedades no democráticas. Hay jerarquías que deben ser elegidas, revisadas con regularidad, seleccionadas o, en su caso, rechazadas. Existen ideas sobre el bien y el mal y sobre los criterios de pertenencia o no pertenencia a esa cultura, y las escalas de valores deben ser definidas, discutidas y revisadas. Además, cada cultura define a sus enemigos : lo que está más allá de sus límites y la amenaza, un « otro » que debe ser despreciado y combatido.

Sin embargo, no todos los enfoques culturales son iguales. Hay una cultura oficial, una cultura de sacerdotes, académicos, y del Estado que define lo que es el patriotismo, la lealtad, las fronteras y lo que yo llamo « pertenencia ». Es esta cultura oficial la que habla en el nombre del conjunto. Pero también es cierto –y esto es algo que el argumento de Huntington en The Clash of Civilizations ignora por completo– que además de la cultura dominante u oficial, hay tendencias disidentes, alternativas, no ortodoxas y heterodoxas que contienen muchos aspectos antiautoritarios, los cuales entran en conflicto con la cultura oficial. Esto puede ser denominado contracultura, un conjunto de prácticas asociadas con los intrusos, los pobres, los inmigrantes, los artistas bohemios, la clase obrera y los rebeldes. Desde la contracultura se critica a la autoridad y se ataca a lo que es oficial y ortodoxo. Ninguna cultura puede entenderse sin esta fuente siempre presente de provocación creativa de lo extraoficial a lo oficial. Desatender este estado de agitación dentro de cada cultura, ya sea Occidente, el Islam, el Confucianismo, etc., y asumir que existe una completa homogeneidad entre cultura e identidad, es olvidar lo que resulta vital y fértil en la cultura.

Hace unos años, Arthur Schlesinger escribió un libro titulado The Disuniting of America (“La desunión de América”), una especie de alegato apasionado sobre el modo en que la historia estadounidense –la cual, en su opinión, es la historia de Bancroft, Adams, etc.– se está disolviendo en algo muy diferente. Explica que nuevos grupos de la sociedad estadounidense desean escribir la historia de modo que refleje no sólo los Estados Unidos creados y gobernados por los aristócratas y los terratenientes, sino unos Estados Unidos en los que esclavos, sirvientes, obreros e inmigrantes pobres jugaron un papel importante, aunque todavía no reconocido. Las vidas de estas personas, silenciadas por los grandes discursos procedentes de Washington, los bancos de inversión de Nueva York, las universidades de Nueva Inglaterra y las grandes fortunas del medio y el lejano oeste, han venido a perturbar el lento avance y la imperturbable serenidad de la historia oficial. Hacen preguntas, intercalan la experiencia de los desafortunados sociales y plantean las demandas de las clases bajas, las mujeres, los afroasiáticos, los afroamericanos, y otras tantas minorías sexuales y étnicas.

Existe un debate similar en el mundo islámico actual que suele perderse de vista por completo, sumidos como estamos en el clamor, a menudo histérico, contra la amenaza del Islam, el fundamentalismo islámico y el terrorismo, tan frecuente en los medios de comunicación. Como cualquiera de las otras grandes culturas mundiales, el Islam contiene en sí mismo una asombrosa variedad de corrientes y contracorrientes. Yo diría que esta tan extendida actitud crítica y escéptica hacia la autoridad tradicional es lo que caracteriza tanto a Oriente como a Occidente en el mundo de postguerra. Y es eso lo que Huntington no puede controlar y la razón por la cual recurre a este asunto del choque de culturas o lucha de civilizaciones.

Para los teóricos de este tipo, la identidad de una civilización es algo estable e intocable, como una habitación llena de muebles en la parte trasera de su casa. Esto está muy lejos de ser verdad, no sólo en el mundo islámico sino a lo largo y ancho del globo. Enfatizar las diferencias entre culturas es ignorar por completo el debate literalmente interminable sobre la definición de la cultura y la civilización que se produce dentro de todas las civilizaciones, incluyendo las occidentales. Estos debates socavan por completo cualquier idea de identidad fija y, por lo tanto, las relaciones entre identidades. Lo que Huntington considera que es una especie de realidad ontológica con una existencia política, esto es, el choque de civilizaciones.

Prestar demasiada atención a gestionar y clarificar el choque de culturas oculta otra aspecto : el hecho de un gran intercambio y un gran diálogo, a menudo silenciosos, entre dichas culturas. ¿Qué cultura actual –ya sea la japonesa, la árabe, la europea, la coreana, la china, la india, etc.– no ha tenido contactos prolongados, intensos y extraordinariamente ricos con otras culturas ? No hay absolutamente ninguna excepción a este intercambio. Lo mismo puede decirse de la literatura, donde, por ejemplo, podemos encontrar lectores de García Márquez, Naguib Mahfuz o Kenzaburo Oe más allá de las fronteras nacionales y culturales impuestas por el idioma y la nación. En mi propio campo de la literatura comparada se presta atención a las relaciones entre las distintas literaturas, así como a su reconciliación y armonía, a pesar de que entre ellas existen poderosas barreras ideológicas y nacionales. Y este tipo de empresa colectiva de cooperación es lo que uno echa de menos entre quienes proclaman el eterno enfrentamiento entre culturas : la dedicación de por vida que ha existido en todas las sociedades antiguas y modernas entre eruditos, artistas, músicos, visionarios y profetas para intentar llegar a un acuerdo con « el otro », con esa otra sociedad o cultura que parece tan ajena y tan distante.

Me parece que a menos que insistamos y aprovechemos al máximo un espíritu de cooperación e intercambio humanístico –y aquí no estoy hablando simplemente de un placer infundado o un entusiasmo infantil por lo exótico, sino de un profundo compromiso y una labor existenciales a favor del otro– terminaremos agitando de manera superficial y ostentosa la bandera de nuestra cultura en oposición a todas las demás.

También sabemos por otro importantísimo estudio sobre la manera en que funcionan las culturas, escrito y editado por Terrence Ranger y Eric Hobsbawm, que incluso las tradiciones pueden ser inventadas. Con esto quiero decir que la idea según la cual la cultura y la civilización son algo estable y fijo queda desmentida por completo por el hecho de que las tradiciones puedan ser inventadas y fabricadas para la ocasión, de modo que las tradiciones no son en verdad elementos maravillosamente estables, sino abstracciones que pueden ser creadas, destruidas y manipuladas con mucha facilidad.

Como ya he argumentado en varias de mis obras, lo que se describe como Islam en la Europa y los Estados Unidos de hoy en día –y yo creo que éste es el asunto principal hacia el cual se dirige la tesis de Clash of Civilizations– pertenece al discurso del orientalismo, una interpretación elaborada para avivar los sentimientos de hostilidad y antipatía hacia una parte del mundo que pasa por ser de gran importancia estratégica debido a su petróleo, su inquietante cercanía al Cristianismo y su tremenda competencia histórica contra Occidente. Sin embargo, esta visión es algo muy diferente de lo que representa realmente el Islam para los musulmanes que viven bajo su dominio. Hay un abismo entre el Islam en Indonesia y el Islam en Egipto. Por esa misma razón, en Egipto, donde hay un conflicto en relación a la naturaleza del Islam entre fuerzas sociales laicas y varios movimientos islámicos de protesta y reformistas, es evidente que el esfuerzo actual por comprender y definir el Islam resulta de lo más volátil. En tales circunstancias, lo más fácil y menos adecuado es decir : « ese es el mundo del Islam, ¡vean cómo todos son unos terroristas y unos fundamentalistas ! ¡vean también lo diferentes y lo irracionales que son, comparados con nosotros ! »

Pero la parte más débil de la tesis del choque de culturas y civilizaciones es asumir una rígida separación entre las mismas, a pesar de la abrumadora evidencia de que el mundo actual es, de hecho, un mundo mezclado y cruzado, un mundo de migraciones y de fronteras que se franquean. Una de las mayores crisis que ha afectado a países como Francia, Gran Bretaña y EE.UU ha sido provocada al tomar conciencia –conciencia que ahora surge en todas partes– de que ninguna cultura o sociedad es totalmente uniforme. Minorías bastante numerosas –norteafricanos en Francia, poblaciones afrocaribeñas e indias en Gran Bretaña, o elementos asiáticos y africanos en EE.UU– ponen en duda la idea de que las civilizaciones, orgullosas de ser homogéneas, puedan continuar mostrando ese orgullo. No hay culturas o civilizaciones aisladas. Cualquier intento, al estilo de Huntington y sus simpatizantes, de separarlas en compartimentos estancos daña su variedad, su diversidad, la complejidad de sus elementos y su radical hibridación. Cuanto más insistamos en la separación entre culturas, más injustos seremos con nosotros mismos y con los demás. La idea de una civilización exclusivista es, a mi modo de ver, algo imposible. En definitiva, la cuestión clave es si deseamos trabajar por unas civilizaciones separadas o si debemos tomar el camino más integrador, aunque quizás más difícil, de intentar verlas como partes integrantes de un vasto espacio, con unos contornos que nadie puede perfilar con exactitud, pero de cuya existencia estamos seguros y podemos intuir, experimentar y estudiar.

A la vista de la deprimente realidad que nos rodea y de la presencia de conflictos interculturales e interétnicos, me parece irresponsable sugerir que nosotros, en Europa y EE.UU, debamos conservar nuestra civilización, lo que Huntington llama Occidente, manteniendo al resto a distancia y aumentando las desavenencias entre los pueblos para prolongar nuestro dominio. Esto es, de hecho, lo que Huntington sostiene, y resulta bastante fácil entender por qué este ensayo fue publicado por Foreign Affairs y por qué tantos responsables políticos se han sentido atraídos por él, permitiendo a EE.UU ampliar la mentalidad de la Guerra Fría a una época distinta y a un nuevo público. Mucho más productiva y útil es una nueva mentalidad o conciencia global que ve los peligros que enfrentamos desde el punto de vista de la raza humana en su conjunto. Estos peligros incluyen el empobrecimiento de la mayoría de la población del planeta, el nacimiento de virulentos sentimientos tribales, nacionalistas, étnicos y religiosos en Bosnia, Ruanda, Líbano, Chechenia y otros lugares, el descenso de la alfabetización y la aparición de un nuevo analfabetismo basado en los medios de comunicación electrónicos, la televisión y las nuevas autopistas de la información global, o la fragmentación y la amenaza de desaparición de los grandes relatos sobre la liberación y la tolerancia. Nuestro bien más preciado para hacer frente a esta terrible transformación de la historia no es la aparición de un sentimiento de enfrentamiento, sino de comunidad, de comprensión, de solidaridad y de esperanza, lo cual representa todo lo contrario a lo que promueve Huntington.

Me gustaría citar algunos versos del gran poeta de Martinica, Aimé Césaire, que usé en mi libro On Culture and Imperialism, y que no me canso de recitar. El autor se dirige al ser humano :

« pero el trabajo del hombre no ha hecho más que empezar
y sigue siendo tarea del hombre vencer toda la violencia
cobijada en lo más hondo de sus pasiones.
Y ninguna raza posee el monopolio
de la belleza, de la inteligencia, o de la fuerza,
y hay un lugar para todos en la reunión final de la victoria. »


Estos sentimientos preparan el camino para la disolución de las barreras culturales, de esa especie de bloqueo entre culturas, así como del orgullo que impide ese tipo de globalización benigna que ya podemos encontrar, por ejemplo, en los movimientos defensores del medioambiente, en la cooperación científica, en los movimientos de mujeres, en la preocupación universal por los derechos humanos, y en corrientes de pensamiento global que ponen el acento en la comunidad y rechazan la supremacía racial, sexual o de clase. Por lo tanto, me parece que los esfuerzos por hacer volver a la comunidad de civilizaciones a un estado primitivo de enfrentamiento narcisista no deben entenderse como una descripción del modo en el cual se comportan de hecho las civilizaciones, sino más bien como una incitación a un conflicto inútil y un chovinismo obsceno que parece ser justo lo que no necesitamos.

Edward W. Saïd, 1997

Traducción, extracto y adaptación de la charla pronunciada por el autor en la Universidad de Columbia en 1997. Responsable de la transcripción : Challenging media. Productor ejecutivo y director : Sut Jhally (University of Massachusetts-Amherst). Editor : Sanjay Talreja. Productora : Media Education Foundation.
- Disponible en inglés en : http://www.mediaed.org/assets/products/404/transcript_404.pdf
- VER Y ESCUCHAR LA VIDEO en inglés : http://majfud.org/2010/10/22/edward...

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