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9 janvier 2005

Marines de los Etados Unidos y contratistas vejan a menores en Colombia

 

La extradición de ’Trinidad’

Por Iván Cepeda Castro
El Espectador. Bogotá, 8 de enero del 2004

El pasado 3 de enero, el programa Primer Impacto, de
la cadena Univisión, presentó un reportaje de la
periodista Adriana Villamarín titulado "Porno
mariners". La historia narra cómo, en octubre de 2004,
marines del ejército de Estados Unidos y
"contratistas" de la misma nacionalidad, que trabajan
como asesores de los militares colombianos en la base
de Tolemaida, sometieron a tres menores a una sesión
de vejaciones sexuales, las cuales registraron en una
cinta de video, que luego distribuyeron profusamente
en el municipio de Melgar. La cadena de televisión no
mostró en su totalidad el contenido del video
pornográfico debido a que sus imágenes tienen alto
grado de obscenidad. Al parecer, las tres
adolescentes, de extracción social modesta, fueron
utilizadas a cambio de una suma de dinero y de la
promesa de obtener visas para ingresar a Estados
Unidos. En la entrevista hecha a algunos de los
habitantes de Melg ar y al cura párroco local, ellos
afirman que los marines grabaron los videos para
destruir la dignidad de las jovencitas del pueblo y
para demostrar "quién manda realmente en la
localidad". Expuestas a la vergüenza pública, luego de
la distribución de la cinta, las adolescentes y sus
familias tuvieron que abandonar la población.

Todo esto recuerda bien lo acontecido en la prisión de
Abu Ghraib, donde los soldados norteamericanos
fotografiaron las sesiones de tortura a las que
sometían a sus reos iraquíes. La recientemente
fallecida escritora Susan Sontag recordaba en uno de
sus últimos ensayos, a propósito de ese aspecto de la
guerra de agresión desatada por su país en Iraq, que
plasmar en imágenes la tortura y la vejación sexual
representa un elemento de la política y los vicios
propios del poder colonial . Como parte de las
modalidades de dominación de los pueblos conquistados,
las potencias invasoras han practicado históricamente
la humillación sexual. La grabación de esos actos de
sadismo y la difusión pública de las imágenes que los
registran forman parte de la elaboración de un mensaje
en el que los invasores reafirman que el pueblo
subyugado es inferior y merece toda clase de
tratamientos inhumanos. Sontag señala, además, que la
complacencia que experimentan los soldados al ser
fotografiados torturando y ejerciendo la sevicia
sexual expresa un modo de esparcimiento que gira en
torno a la brutalidad, una especie de voyeurismo de la
abyección, muy propio de la patología colectiva que
reina en Estados Unidos. El culto a la pena de muerte,
a las armas, a la persecución policiaca y a los
espectáculos en los que el centro de la "diversión"
son acciones crueles, es un producto altamente
comercial en la sociedad norteamericana de hoy.

Dada la postración que han demostrado las
instituciones estatales colombianas ante la voluntad
imperial, sería ilusorio esperar que la justicia
nacional busque juzgar a los autores de este grave
delito contra menores de edad, o que, aunque sea,
investigue el hecho. Tampoco podrá hacerlo la Corte
Penal Internacional, pues Colombia ha suscrito un
tratado bilateral en el que se compromete, en toda
circunstancia, a garantizar inmunidad a cualquier
ciudadano estadounidense ante las instancias
internacionales.

Pero, en cambio, ese mismo país, cuyas fuerzas
militares practican en territorios extranjeros la
tortura y la vejación sexual contra los civiles, es el
mismo que se atribuye la autoridad moral de juzgar a
los nacionales colombianos usando el mecanismo de la
extradición. ¿No es esa, acaso, la situación clásica
en la que una potencia colonial somete a un pueblo a
las peores formas de humillación e indignidad ?

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