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22 mars 2003

Los Partidos politicos en Argentina

 

El problema de los partidos no es como se financian sino como se organizan, Cuando no se discuten ideas es porque se buscan beneficios. Los candidatos necesitan construir una imagen y no una propuesta

Por Julio Bárbaro

En nuestra corta vida las facciones fueron mucho más importantes que los partidos.
Radicales y Peronistas tienen historia de movimientos nacionales, donde el partido era una simple herramienta electoral.

Y mientras el poder económico careció de respeto popular, el partido militar era en el fondo una estructura de control que limitaba todo ejercicio de poder democrático. La teoría del "movimiento" surgía de la idea de una nación en guerra, donde las fuerzas se organizaban como ejércitos y las estructuras sociales como las armas del mismo.

Por eso el peronismo tenía tanto desprecio por su "aparato político" al que limitaba a la simple función de una herramienta electoral.

Un partido es una organización que contiene un conjunto de propuestas al servicio de una determinada concepción ideológica, siempre y cuando se coincida con las demás fuerzas políticas en los ejes centrales de la convivencia. Los movimientos hablan del enemigo, los partidos debaten con los adversarios. El radicalismo fue en los últimos años el partido más organizado, el Frondicismo fue muy importante pero la visión stalinista de Rogelio Friguerio lo termino convirtiendo en una secta.

El peronismo nace como partido con la derrota del 83, y lentamente va abandonando la idea del movimiento, hasta que Menem lo lleva al liberalismo y los gobernadores lo reducen a una simple estructura feudal. En los 70 la vigencia del militante obligaba a la construcción del partido de "cuadros", de individuos comprometidos en el pensamiento y en la acción. Con el triunfo del liberalismo surge el partido de los "operadores", individuos que tienen vigencia en la medida en que articulan los intereses económicos con los poderes políticos de turno a partir de jugosas comisiones. Esto sucede sin duda en el 85, cuando la oposición comienza a cobrar en especies los apoyos que el radicalismo necesitaba, y el ala negociadora concedía para no repetir el fracaso de la famosa "ley Muchi".

La convivencia política tuvo un nacimiento concreto con el abrazo "Perón-Balbín" en los albores del gobierno del 73. Cuando "el viejo adversario va a despedir al amigo" las grandes fuerzas políticas dan por terminada la confrontación y deciden transitar la convivencia. Será entonces cuando surge un enfrentamiento marginal a la política que nos llevará a uno de los mayores ejemplos de nuestra decadencia. Los partidos estarán ausentes durante la dictadura, por ser proscritos y por no tener nada para proponer.

Los partidos tienen vigencia en la medida en que sean capaces de contener los grandes debates de la sociedad, y dejan de tenerla cuando solo se ocupan de sus intereses. Contuvieron la esperanza de los argentinos desde el 73 hasta la muerte del General Perón, luego desde el 83 hasta la derrota del 87, y volverán a tener vigencia en los primeros años de Menem hasta perderla poco después de su reelección en el 95. Una muestra de su decadencia es que los liderazgos no surgen de su seno sino en contra de sus estructuras, y que los entornos son hoy la única organización política vigente.

En su momento la coordinadora radical tuvo un poder enorme, derrotó al peronismo y estuvo a punto de terminar con el sindicalismo, pero se convirtió en un grupo sectario donde lentamente se ira imponiendo lo peor. Esa experiencia va a generar una imitación en el peronismo que es la renovación, siendo ambas las sobrevivientes de la violencia que atacadas por el vicio del pragmatismo van a perder sus respectivos poderes y a retroceder a la generación anterior. Ambos partidos terminan en manos de hombres que creían haber superado, Menem en el peronismo y De la Rua en el radicalismo.

Y el fracaso es tan grande , que los presidentes que vengan van a ir destruyendo a esos cuadros como venganza de rencores pasados, quedando algún que otro sobreviviente pero no logrando nunca más hacer un proyecto político desde ellos.

Hasta Alfonsín el debate central pasa por lo político, luego los intereses impondrán a los funcionarios y los economistas. Claro que en su gobierno imperaba la creencia de que la mera vigencia del sistema implicaba una adhesión ideológica, absurda visión que llevará a la desaparición del radicalismo ante la simple consolidación de la democracia. Así como en el gobierno se imponían los funcionarios, en el partido los punteros y sus clientelas integraban el coro de esta tragedia donde olvidaban al pueblo.

La interna se impuso en el reparto de cargos, las prebendas ocuparon el lugar de las ideas. Se olvidaron de discutir sobre las diferentes posiciones para instalar los amigos en una lista que era un reparto de favores. La ambición que era válida al servicio de una idea se convirtió en la única idea que movía a los ocupantes del poder. Los que pensaban y discutían eran mal vistos porque molestaban intereses o cuestionaban supuestos liderazgos. La "lealtad" fue el valor degradado y enfermo que no solo vivía en la decadencia del menemismo sino que además se impuso en todas las fuerzas.

No hablamos de la necesaria lealtad a la patria, al pueblo o a las ideas, elementos ausentes en el poder y en buena parte de la oposición, sino de la degradada obsecuencia al mediocre que tiene turno para ejercer el papel de héroe convencido de ser un futuro salvador del conjunto y ignorando su cercano ostracismo. La lealtad al triunfador es la forma sublime que construye el poder de los entornos, la muerte del romanticismo encuentra en el obsecuente el éxito que ayer asignaba al pensador comprometido.

El triunfador de turno encuentra en la enorme masa de alcahuetes y obsecuentes que lo rodean el calor de hogar y el aplauso fácil que todo mediocre que se precie disfruta como caricia a la pobreza de su ego. Esta es la fauna que junto con los logros económicos hacen las delicias del tan admirado "triunfador". Allí comienza el camino hacia la pérdida de consideración de la sociedad. Lo grave de esta enfermedad esta en su extensión, transitó por todos los últimos gobiernos, es un mal nacional que invadió todas las fuerzas, tanto es así que actuar en política esta hoy reducido al desesperado oportunismo por pegarse al lado del candidato que pueda dar el batacazo y convertirse en una fuente de cargos y prebendas.

Cuando tenía vigencia un jefe en serio como Perón, los obsecuentes existían pero el espacio principal lo ocupaban los políticos de fuste como Carrillo, Miranda, Taiana, Gelbard, Robledo, Luder y el defensor público se llamaba Enrique Santos Discépolo. Con Frondizi encontramos un conjunto de hombres como Frigerio, Vítolo, Odena, Ramón Prieto y tantos otros . Pero cuando la estatura del prócer es demasiado baja, el entorno se constituye con enanos cosa de no cuestionar los errores y mucho menos competir con el dueño. Lo cierto es que ya no hay lideres, y en ese caso tendríamos que recuperar la figura del "primus inter pares", y consolidar equipos basados en la riqueza del debate y no en el deporte de la obsecuencia.

Los partidos políticos argentinos tienen en su seno un sistema de mayoría y minoría, donde el que gana se lleva el 75 % y el segundo el 25%. Este sistema es tan nefasto como el de la lista sábana, ya que impide la representación proporcional y en muchos casos el vencedor logra solo el 30% de los votos y obtiene el 75% de los cargos, al segundo le corresponde el 25% siendo el resto expulsado de la conducción. Los defensores de esta atrocidad van más allá de los vicios del pasado, el Frepaso cuando se conforma acepta con agrado el sistema cosa de que las minorías reciban el necesario castigo por no coincidir y aplaudir a la mediocridad del jefe. Eso si, todo en el nombre de la más honesta de las rebeldías.

En el momento de las internas el gobierno de turno autoriza centenares de contratos temporarios para que sus aperadores puedan convencer a los punteros de darles su apoyo , sumado a grandes sumas de dinero y prebendas de todo tipo que llevan al oficialismo a convertirse en el seguro ganador. Si el estado fuera transparente se podría tener una idea concreta de cuantos empleados se nombran en cada etapa, entre otra larga lista de prebendas en juego. Con este proceso los personajes se vuelven profesionales de la política, viven solo de eso y a un nivel superior al de sus electores, siendo entonces uno de los pocos espacios de ascenso económico que quedan abiertos . Y mientras la economía no entro en crisis ni siquiera recibía el castigo social.

Ahora todo cambió pero nadie quiere dejar de ser un supuesto dirigente. Desde el 83 al presente fueron muchos los exitosos, los que surgieron como grandes promesas y hoy ni siquiera pueden volver al ruedo. Tres presidentes electos, candidatos llenos de virtudes, personajes perseguidos por la prensa para que les dieran entrevistas y que hoy son perseguidos por la gente que les quiere pedir explicaciones. Alfonsín fue el último que creyó en la importancia del partido. Menem apostó a los empresarios y los operadores, De la Rua no fue más lejos que de su triste entorno.

Para Duhalde el partido es un simple aparato de intendentes y funcionarios, que debe negociar con los otros dueños de aparatos parecidos, sean Menem o Alfonsín. Todo aparato que se precie necesita cargos pero también dinero para llevar adelante las operaciones de comprar conciencias . En el partido se debaten ideas, se forman dirigentes, se intenta contener los problemas que aquejan a la sociedad. El partido tiene vigencia en el gobierno o en la oposición, con cargos o sin ellos. Y cuando se es gobierno se mantiene la vigencia de un espacio donde aquellos que no cumplen funciones se dedican a pensar.

Hoy en nuestra sociedad ese tipo de estructuras solo tienen vigencia en los sectores de izquierda, pero de manera tan sectaria que no les interesa ni la sociedad ni tienen verdadera vocación de poder. Otra reforma importante es que la conducción del partido no sea ejercida por los que ocupan los cargos, en primer lugar para distribuir más las responsabilidades y además para tener un contacto con la realidad y ayudar o cuestionar a los funcionarios. En nuestra atroz decadencia el que tiene un cargo siente que le toco el "toma todo" de la perinola, y que los que no piensan como él deben desaparecer. Así se van quedando con los cargos pero sin la riqueza de opiniones y prefieren morir en su personalismo a convivir con sus pares.

El problema de los partidos no es como se financian sino como se organizan, porque los aparatos siempre necesitan repartir algo, y los que nacen cuestionando la corrupción si no superan el personalismo y el entorno comenzaran repartiendo solo cargos pero con el tiempo también se terminarán contaminando con el dinero. Cuando no se discuten ideas es porque se buscan beneficios.

Debemos encontrar un sistema que nos permita conocer con precisión cuantas personas se nombran en cada gobierno, obligar a que cada nombramiento lleve la firma del funcionario que lo lleva a cabo, conocer este reparto que es sin duda nefasto para la política pero también para la sociedad, y una de las peores formas de la injusticia. En la medida en que los medios de comunicación obligan a la exposición pública de los que deciden, al menos tendremos una forma de selección donde los personajes que no son ni siquiera mostrables vayan desapareciendo de la escena.

Hay una buena cantidad de personajes de "bajo perfil" que se mantienen al margen de toda exposición pública, y es simplemente por que se ocupan de tareas que no se pueden mostrar. La estructura ideológica argentina esta integrada por cuatro grandes fuerzas, dos con raíz ideológica como son la izquierda y la derecha, y dos con vigencia histórica que son el radicalismo y el peronismo.

En el presente los cuatro sectores están en crisis, siendo la derecha el mejor parado por que los intereses económicos son permanentes y no necesitan ni de partido de candidato. La derecha liberal antes gestaba los golpes de estado para lograr sus objetivos, pasó un mal rato en la primera etapa de Alfonsín, pero tuvo con Menem su momento de gloria logrando lo que los golpes no se habían animado a hacer.

Alfonsín había llevado al radicalismo más a la izquierda que lo que su historia le permitía, y Menem al peronismo tan a la derecha que no dejó espacio para nadie. En lo concreto el problema central de la defensa de los intereses nacionales no está hoy en manos de ningún partido.

Con dos partidos tradicionales perdidos sin rumbo y sin futuro, con una derecha tan segura de sus fuerzas y tan dueña de los medios de comunicación que no se interesa por la política, la izquierda tendría un enorme espacio para desarrollarse. Pero es ella la que en su sectarismo y sus fracturas se impone sus propios límites.

Los candidatos actúan convencidos que necesitan construir una imagen y no una propuesta. Los votantes adhieren por razones secundarias a los grandes temas que les preocupan, y ambos promueven el círculo vicioso donde se necesita seriedad pero se actúa con frivolidad.

Candidatos tenemos tantos como la carencia de ideas en debate.

Lo Social

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