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4 juin 2015

La irrupción ciudadana en Chile

 

Michelle Bachelet ha apostado por los medios y las comunicaciones. Ante la carencia de política, se opta por efectismos, por espejismos. Lo hizo durante el discurso televisado para anunciar las conclusiones del informe de la Comisión Engel sobre la corrupción, y lo repitió al comunicar el cambio de gabinete durante una entrevista con el animador de televisión Don Francisco. De todos los espacios y momentos para anunciar una acción de relevancia política, usó el más mediático y liviano.

El límite entre la política y la farándula quedó eliminado. La política demostró nuevamente su vocación de espectáculo. El cambio de gabinete ha sido una acción comunicacional, desde principio a fin. Sin una política que refrende los cambios prometidos durante su campaña, queda la demagogia, la retórica y las imágenes pasajeras. Como si los nuevos rostros representaran algún cambio.

Una semana antes se usó una cadena nacional. Con calculada solemnidad, Bachelet intentó marcar un hito : detener el progresivo deterioro del sistema político con un gran manifiesto, con una proclamación que buscaba expresar, además de un renovado liderazgo, la limpieza y la reparación de la política. Tras el conjunto de enunciados que eliminarían la corrupción, Bachelet se adelanta a los hechos y propone el mayor de todos los cambios : una nueva Constitución.

El mensaje tuvo inmediatos efectos. Pero tal vez la mayoría de ellos no han sido los deseados. No ha sido la ciudadanía indignada la que ha reaccionado de manera vociferante, sino la clase política. El gran discurso de Bachelet que detendría la carcoma de las instituciones políticas para suavizar la ira de la población, sólo circuló en el sistema cerrado de las elites en el poder. En las organizaciones sociales, en la calle, la desconfianza permanecía. No sólo ha sido evidente en las redes sociales sino, a los pocos días, en la marcha de los trabajadores y en las encuestas, que registran su caída libre.

El gobierno lanza estas campañas comunicacionales como un nuevo intento para elevarse por sobre los escándalos de corrupción. Pero el daño es tan enorme, con unas instituciones corroídas y sus figuras políticas y empresariales tan pervertidas, que una reparación interna no es ni posible ni creíble. Sin justicia no hay verdad, limpieza ni reparación.

La Nueva Mayoría ha vuelto a actuar como la Concertación. Tal como hace 25 años, cuando anunció el retorno a la democracia que resultó una espuria y negociada transición « en la medida de lo posible », hoy repite sus acciones. Una mímesis, una pantomima del cambio, que conserva además de las viejas y podridas instituciones sus vicios y sus protagonistas.

Durante los últimos años poco o nada se ha hecho con las sugerencias de las comisiones asesoras de expertos. Es por ello que vale preguntarse, ¿qué plazos tiene el proceso de limpieza ? ¿Quiénes serán los encargados de hacerlo ? ¿Puede surgir algo sano de unas instituciones enfermas ? Del mismo modo que un agujero negro ha ocultado las maniobras políticas de las últimas dos décadas, estas medidas parecen estar destinadas para su dilución a un incierto y oscuro futuro.
Si hubo algo relevante en el discurso de Bachelet ha sido el reconocimiento implícito que ha hecho a una ciudadanía cada vez más emputecida (usando la expresión del ex contralor Mendoza), pero también organizada. Cuando la presidenta mencionó en un nuevo y ambiguo eufemismo la creación a partir de septiembre de un « proceso constituyente », las voces que demandan una Asamblea Constituyente se elevaron a partir del mensaje. Si Bachelet incluyó en su programa de 2013 la redacción de una nueva Constitución y desde su discurso de abril la creación de un proceso constituyente, es por la presión ciudadana. Es posible pensar, tanto como se desea, que a partir de septiembre comience a levantarse un escenario social y político para la instalación de una Asamblea Constituyente.

Paul Walder para Punto Fina

Punto Fina. edición Nº 828, 15 de mayo, 2015

www.puntofinal.cl

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