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5 novembre 2016

Estados Unidos de América :
Una mirada a sus entrañas

 

Suficientes y buenos análisis han incluido nuestros medios acerca de la coyuntura electoral estadounidense donde lo banal, lo teatral y el bajo nivel ético de ese proceso han sido correctamente expuestas. En no pocos trabajos se ha reflejado los vaivenes del rejuego electoral.

Por tanto, aquí no pretendemos apuntar a la coyuntura, sino, modestamente ofrecer elementos acerca de esa sociedad o, más bien, sobre algunos rasgos de la misma en la actualidad, de su sistema político y de las tensiones que la aquejan. Es un país muy complejo, de mucho peso, y el alcance de nuestro análisis será necesariamente limitado.

¿Un sistema político manipulador y estable ?

A pesar de su creciente descrédito, y de las sacudidas ocurridas en las últimas cuatro décadas, el sistema político e institucional estadounidense ha seguido un desenvolvimiento bastante estable y muy poderosos intereses especiales corporativos dominan la vida económica y política del país. La élite oligárquica, en particular el llamado establishment del Nordeste, aun en medio de sus contradicciones y en alianza con otros centros regionales de poder, sigue contando con instituciones sólidas, una clara hegemonía en la política doméstica y consenso en lo esencial de su política exterior.

¿Qué le ha permitido a los Estados Unidos contar con un sistema político estable a pesar de la tradición y tendencias violentas en su sociedad ? ¿Es tal estabilidad sostenible en el tiempo ?

EE.UU. siempre fue una república con protecciones constitucionales y extra-constitucionales para los súper-ricos. El sistema político del país coloca el poder en manos de la plutocracia y los banqueros a expensas del resto de la ciudadanía, pero se cubre con una fachada democrática. Esa democracia contrahecha y manipulada no es representativa del espectro ciudadano. De hecho, representa a las minorías privilegiadas, que alternan en poder relativo y se ocupan de crear día a día la fachada que hace pasar sus intereses por los del conjunto de la población. El aparato legislativo, tanto federal como en cada uno de los 50 estados, es totalmente bipartidista, compuesto casi por completo por abogados de bufetes corporativos, no pocos ex ejecutivos de empresas y millonarios (tal como ocurre también con los principales decisores de política en la rama ejecutiva).

Muchos y muy serios estudios académicos acerca de la relación entre las actitudes de la gente y las políticas públicas demuestran que para la formulación de estas importa bien poco lo que el público piensa. Los ciudadanos ordinarios virtualmente carecen de influencia alguna sobre lo que hace el gobierno de los Estados Unidos y muy poca sobre las posiciones de sus propios representantes. La influencia aumenta según la escala de ingresos.

La mayor parte de los políticos sobrellevan y se acomodan a las injusticias obligados por sus vínculos con el gran capital, los grandes bancos y corporaciones y mayormente dan la espalda a los pobres y a los trabajadores.

Para los Federalistas que construyeron la institucionalidad inicial estadounidense la representación no era un modo de establecer, sino de evitar, o al menos evitar parcialmente, la democracia. La existencia del llamado Colegio Electoral’ convierte el resultado en cada estado, por estrecho que sea, en la asignación de todos los cupos al ganador y en la persona de sus representantes, para que estos después formalicen la elección del presidente. Se evita que el presidente sea elegido directamente por una mayoría popular, sino a través de unos cuantos centenares de electores en los cuales se deposita la voluntad ciudadana. De cierto modo, junto al duopolio bipartidista, el colegio electoral también coadyuva a encubrir la amplitud de los conflictos que subyacen en el país.

De manera creciente ha emergido un profundo ambiente de descontento público y una persistente desmovilización del electorado ante ese sistema corrupto diseñado para presentarles opciones limitadas, ofrecerles escoger entre candidatos de derecha o de centroderecha ; aquellos que son aceptables a las élites corporativas. Hay una multiplicidad de conflictos y grupos que presionan por sus demandas lo cual deviene en un fuente adicional de tensiones estructurales.

Mientras – y esto es bien significativo -, las abundantes carencias y notorias desigualdades no llegan a convertirse o nutrir significativamente fuerzas políticas alternativas de peso. En un orden federalista, con diversos niveles de descentralización, y múltiples intereses sectoriales y regionales, polarizado en colisiones de todo tipo – y con una población negra numerosa poco asimilada y el arribo constante de inmigrantes carentes de derechos legales –, ocurre que la resistencia a nivel político se mantiene subsumida, sin que el descontento se convierta en una real alternativa política fuera del bipartidismo.

Las razones de ello son complejas y múltiples.
Trataremos de apuntar algunas de ellas :

Hace unos años, el prestigioso académico Richard Falk señalaba : « Parece extraño que esta combinación de proceso democrático y descontento público no se transforma y se expresa en un movimiento radical de masas de algún tipo. Por el contrario, en general, los sectores desfavorecidos aparecen como desalentados y débiles ; incluso las agrupaciones sindicales no han actuado para proteger sus intereses en el plano político y económico. El descontento de derecha, aunque mejor organizado, también ha sido mayormente marginalizado ».

De entre la multiplicidad de factores y rasgos de un país tan complejo que explicarían su estabilidad bajo un claro control oligárquico, me permito mencionar los siguientes :

Ciertamente, en primer lugar, su posición privilegiada en lo económico a nivel global, con su moneda como principal instrumento del comercio y las reservas mundiales, que le permite trasladar muchas de sus contradicciones y tensiones al exterior y tener allí buena parte de sus bases de sustentación.

el acople existente entre los sistemas eleccionario, de partidos y mediático, manipulados para garantizar resultados siempre favorables a los intereses imperiales y de negocios, y explotar, para ello, las múltiples contradicciones y recelos existentes en la sociedad.

cierta sensación de impotencia ciudadana ante la apariencia inalterable del sistema político ; resistente a la reforma y que todavía se rige por una venerada Constitución adoptada más de dos siglos atrás ;

factores históricos, demográficos, económicos y políticos que permitieron aplastar las luchas obreras y han mantenido a las masas trabajadoras fragmentadas y a los segmentos sindicalizados bastante marginados y/o cooptados.

La manipulación de las diferencias y resentimientos raciales coadyuva a relegar la identificación de clase e impedir la confluencia entre los oprimidos.

La alta visibilidad y presencia de los políticos neoliberales y de los expertos conservadores que predominan en los medios corporativos de difusión, que actúan con eficacia y profesionalismo pero en función de los grupos de poder (y en complicidad con los mismos), hacen muy difícil que visiones alternativas tengan mucho impacto.

Buena parte de la intelectualidad coopera al clima de desmovilización. Ella incluye un sector liberal, supuestamente progresista, generalmente críticos de los excesos del capitalismo pero tolerados por la élite del poder, quienes en definitiva coadyuvan a desacreditar verdaderas alternativas, a mantener a capas desafectas de la población dentro de los causes del sistema vigente.

Función de primer orden les corresponde al sistema educacional, el control oligárquico de los medios y la llamada industria del entretenimiento que se traduce en un casi total control monopólico de las ideas y la información, que crea un clima de opinión favorable al status quo, al sistema imperante o, mejor dicho : a la representación idealizada del mismo.

Con los métodos más sofisticados se moviliza la opinión ciudadana en favor de conceptos vacíos o se desvía su atención de las cuestiones que realmente tienen significado. Ello es parte de lo que algunos han llamado la ‘ingeniería del consentimiento’, que incluso describen como la ‘esencia de la democracia’.

Un elemento importante ha sido la capacidad que ha mostrado el sistema para absorber, e incluso dar cabida en su seno, distorsionándolos, las demandas y movimientos en pro la igualdad y los derechos, y su vez de propiciar cierta inclusión y cooptar a sus élites.

Por otro lado, el sistema se sostiene en el ámbito federal y de un inmenso país, en el que los ataques contra algunos de sus puntos (instituciones, ideas, símbolos) no le producen gran daño a la totalidad, únicamente se forman agujeros y grietas puntuales o locales.

Otro ángulo muy importante, que también de una manera u otra conlleva al consentimiento y la desmovilización, son los grilletes y obligaciones económicas que amaran a la gente y que se re-forjaron con las tarjetas de crédito y luego a través de sus hipotecas. Esa dependencia se hace más marcada dado que el sistema va lanzando hacia el mercado más aspectos de la vida que antes eran marginales a la economía. Se genera un ambiente de todos contra todos, con decenas de millones endeudados o que luchan por su sobrevivencia individual y por conservar sus puestos de trabajo, que temen les sean arrebatados por las llamadas ´minorías´ y por los nuevos inmigrantes.

Hay de hecho toda una serie de factores económicos, políticos y tecnológicos que se refuerzan mutuamente en esos sentidos.

Debe entenderse cuan atrapado en sí mismo se encuentra el pueblo estadounidense en una guerra contra una siempre cambiante colección de ‘malignos enemigos’, cuya amenaza parece ser un factor que se requiere mantener para la unidad de un país tan diverso.

Las masivas protestas contra la guerra en Vietnam marcaron profundamente los círculos de gobierno en Washington, cuyo pánico detrás de la escena produjo el reconocimiento de que se hacía necesario hacer grandes inversiones en propaganda doméstica para asegurar el apoyo público a futuras aventuras imperiales o al menos su confusa aquiescencia.

Se desarrolló un proyecto para mantener a la gente temerosa y dócil, y para conformar lo que llaman ‘administración de las percepciones’.

La llamada guerra contra el terrorismo vino como anillo al dedo para confundir y manipular a las mayorías ciudadanas, que ‘buenamente’ han venido cediendo muchos de sus derechos.

La guerra proyectada como un espectáculo ha contribuido a que una ciudadanía relativamente activista y preocupada por la paz y los derechos – como durante la era de Vietnam – se haya convertido en una audiencia mayormente pasiva, o sujeta a una histeria bélica.

Además, el manejo a la vez selectivo y descarnado de la información, y la dinámica entre lo secreto y lo espectacular de los hechos de gobierno – bien sean las agresiones y asesinatos extralegales con aviones no tripulados o las revelaciones acerca de la tortura y el espionaje doméstico masivo –, ha devenido casi un teatro colectivo y cínico.

Sumemos a todo lo anterior la fuerte tradición de “liberalismo individualista” enraizada en la conciencia y la imagen de país de oportunidades y de una supuesta movilidad social en ascenso, que se calzó sobre todo en los años del auge de post guerra y con un libreto ampliamente divulgado e interiorizado incluso por las clases bajas.

Mientras, infinidad de conflictos políticos se canalizan y diluyen por medio de legalismos y enrevesados procedimientos judiciales, afectados por el soborno creciente y el poder del dinero.

¿Bastará el belicismo, la inculcación del miedo, las manipulaciones de distintos tipos y los demás factores mencionados para mantener estable a un país con tantas y tan explosivas tensiones ?

Varios asuntos vienen a la mente. Mencionemos solo las crecientes desigualdades, la evolución demográfica y la discriminación, en presencia de la peligrosa ideología de supremacía blanca que inhibe la cohesión social entre la población del país. O también, entre otros, los 300 millones de armas de fuego de todo tipo en manos de la población, y los grupos supremacistas paramilitares armados que se atrincheran aquí o allá, pretenden efectuar ‘cruzadas’ de diversos tipos, o se convierten en factores de terrorismo doméstico.

Algunos analistas advierten que la nación no será sostenible a largo plazo si no se corrigen las marcadas y crecientes desigualdades que afectan a las personas ´no-blancas´ que serán la mitad de la población del país y mayoría en varios estados hacia mediados de este siglo. Hoy día esas poblaciones tienen tres veces mayor probabilidad de estar en la pobreza que los blancos, el doble de estar desempleados, con varias veces menos bienes e ingresos que la otra mitad de la ciudadanía, y con nueve años menos de esperanza de vida.

Son asuntos ignorados durante el debate electoral y que el rejuego coyuntural de intereses y el control plutocrático de las instituciones y de los que deciden las políticas se muestran incapaces de atender con la seriedad que la magnitud que ese y otros problemas requieren.

II. Política y apatía popular en los Estados Unidos

El crecimiento económico de los EE.UU. en el último tercio del siglo XIX y comienzos del XX y, luego a partir de la segunda guerra mundial, expandió la industria, el empleo y las masas de trabajadores, así como reclamó el arribo de grandes oleadas de inmigrantes que el país pudo absorber en un marco de no pocas tensiones y desigualdades pero sin mayores dificultades.

Más que crear un ‘melting pot’ (una fusión de sus componentes) la sociedad estadounidense ha alimentado y logrado un delicado, pero cada vez más precario, equilibrio de las diferencias, de las tensiones, la competencia y de los miedos entre los diversos componentes étnicos y sociales del país, y entre las diversas ‘comunidades’. Tal equilibrio ha sido favorecido gracias a su expansión económica, a la particular conformación de su sistema federal, a la pretensión de excepcionalismo y de nación predestinada, que han actuado como factores aglutinantes, así como por el hecho de que los estadounidenses, pese a todo y en medio de sus inseguridades identitarias, han sido propensos a dar muestras de lealtades y patriotismos.

No obstante, la peligrosa ideología de supremacía blanca inhibe la cohesión social entre la población del país. Como señalamos en un anterior artículo, algunos analistas advierten que la evolución demográfica apunta a que la nación no será sostenible a largo plazo si no se corrigen las marcadas desigualdades entre las distintas comunidades étnicas.

Por otro lado, dada la opresión y las desigualdades económicas, la conciencia pública es débil entre muchos en las clases desposeídas, o predomina entre ellos un mayor rechazo y escepticismo hacia las instituciones del sistema. Como en otros confines, aquellos que más carecen se ven presionados por las urgencias cotidianas para vivir, y están faltos de tiempo y energías para trabajar por el cambio social. En su mayoría no concurren a las urnas electorales.

Pese a la pérdida de legitimidad de las principales instituciones del sistema, las élites adineradas, poseedoras de los recursos, y grupos organizados que representan intereses empresariales, han mantenido hasta el momento pleno control del sistema de instituciones y de todos los hilos del poder, y tienen un impacto sustancial independiente sobre las políticas de gobierno.

La actual campaña por la presidencia en EE.UU. se han transformado en una de las más sofisticadas operaciones de propaganda y mercadotecnia ; con ejércitos de operadores sobre el terreno, voluntarios, facilitadores de eventos para recabar fondos y expertos en el análisis de datos encargados de diseccionar el mapa electoral de costa a costa. Desde los ‘70s ha sido más marcado el costo creciente de tales campañas electorales y el predominio plutocrático en el financiamiento de las mismas. Para las elecciones de 2016 ya resulta escandaloso que dos tercios del dinero empleado en las campañas procede ´corporaciones fantasmas´ y de grupos con fondos de oscura procedencia (dark money), es decir, frentes políticos no-lucrativos a los cuales no se les exige revelar que corporaciones o individuos están detrás, los que pueden invertir cantidades ilimitadas de dinero como un derecho de ‘libertad de expresión’.

Comentando acerca de la vergonzosa campaña presidencial de 2016 el agudo analista Chris Hedges señala que « los miles de millones invertidos en nuestro Circus Maximus : las elecciones, son parte de una pantalla de humo que ayuda a ocultar la devastación globalizadora en curso, la desindustrialización del país, los [tramposos] acuerdos comerciales, la guerra sin fin… Desafiar la fortaleza del estado es un suicidio político. Los políticos cortejan a Wall Street. Los candidatos palabrean clichés acerca de la justicia, la democracia y mejoras en los ingresos, pero es un rejuego de cinismo. Una vez que la campaña concluye, los vencedores se trasladan a Washington a trabajar con los grupos de presión y las élites financieras para llevar adelante el real negocio de gobernar”.

Como es sabido, las grandes corporaciones de Wall Street invierten enormes sumas de dinero para asegurar posicionarse en todas las ‘ramas’ del poder ; y que finalmente la acción legislativa o la inevitable regulación financiera sean tan débiles como resulte posible. Además contratan ejércitos de cabilderos para obtener multimillonarias evasiones de impuestos y persuadir a sus amigos en el Congreso para que apoyen las leyes que mantienen el estado de cosas en su favor. Se trata de una pura transacción comercial de la que esperan recibir y reciben sustanciales beneficios financieros con las políticas promulgadas por aquellos que resulten electos.

Es muy extendido el sentir de que las instituciones del sistema no responden a los intereses de las mayorías y que nadie en posiciones de poder tiene intención alguna de dar solución a los crecientes problemas económicos y sociales que enfrentan. La clara evidencia de que el dinero controla la política, se suma al descrédito y efecto acumulativo de un quehacer político electoral elitista.

El 4 de agosto de 2015, durante un programa nacional de radio de amplia audiencia, el ex presidente Jimmy Carter fue interrogado acerca de las decisiones de la Corte Suprema que permiten financiamiento ilimitado de las campañas electorales. Carter respondió :

Se viola la esencia de lo que ha hecho grande al país. « Ahora [los EE.UU.] es solo una oligarquía con capacidad ilimitada de soborno, lo cual es la esencia para obtener las nominaciones para presidente o para ser electo. Y la misma cosa se aplica para las gobernaciones, los senadores y los miembros de la Cámara. De modo que nosotros estamos viendo una completa subversión de nuestro sistema político como una retribución a los grandes contribuyentes [de dineros para las campañas], quienes quieren y esperan y, algunas veces, obtienen favores después de las elecciones. »

Algunos consideran que el más notable fenómeno político de la actualidad en los EE.UU. es la revuelta bastante abierta de amplios sectores en contra del establishment de gobierno, contra la claque de profesionales que han dominado el quehacer capitalino durante varias décadas. Ello incluye a los líderes partidistas y de los comités del congreso, con su séquito de asesores, estrategas políticos y legales, etc., gente que cuando no están en cargos de gobierno se reciclan en Washington como lobistas, consultores, abogados influyentes, recaudadores de fondos y mediadores entre factores de poder.

Más afincados en el poder están los ejecutivos de las corporaciones, jerarcas de Wall Street y los multimillonarios quienes han ayudado y aupado a esos líderes políticos – y para quienes los políticos proveen en reciprocidad favores de todo tipo.

En las últimas décadas ha emergido una capa de supermillonarios, unas tres docenas de oligarcas, se desentienden de compartir poder e influencia con las tradicionales entidades corporativas y las directivas de los partidos, financian a sus propios candidatos y compran sus propios medios de difusión.

Como resultado de la decisión de la Corte Suprema en 2013, que destripó lo esencial de la Ley de Derecho al Voto, varios estados han modificado los procedimientos electorales que en su mayor parte quedan sin supervisión federal, en un intento deliberado de dificultar o despojar a los pobres y votantes de las minorías de su derecho al sufragio.

Solo en los últimos cuatro años, 17 estados, en su mayoría del bajo Sur y del Medio oeste han pasado severas leyes que dificultan el registrarse para votar, exigen fotos y documentos oficiales de identidad, pruebas de ciudadanía, eliminaron sitios de votación y el voto desde otras locaciones, etc.

Por otra parte, la polarización del país y las tendencias manipuladoras hacen que nuevas leyes estén siendo promulgadas en numerosos estados a lo largo del país para hacer más difícil tanto registrarse como votar, particularmente en estados bisagra o de péndulo, de votación cerrada o cambiante, tales como Florida, Virginia, Wisconsin, Michigan u Ohio, donde se puede decidir la elección presidencial.

En los 25 estados o más donde los republicanos controlan las tres ramas del gobierno, ellos han erosionado de manera sustancial derechos básicos de los trabajadores y las catalogadas como ‘personas de color’ para el ejercicio del sufragio y otros. Por otra parte, durante la campaña de 2016, incluso desde círculos establecidos y grandes medios de prensa se expresan dudas sin precedentes acerca de la confiabilidad del sistema de sufragio y se acepta que puede ser manipulado. Reconocen que fácilmente millones de ciudadanos pueden ser excluidos de las listas de votantes y que el resultado oficial puede resultar alterado a partir de máquinas electrónicas de votación que no dejan constancia documental, y de centrales de tabulación computarizada que pueden ser jaqueadas o vulnerables a la manipulación.

Entre 2009 y 2015 unos 900 escaños en legislaturas estaduales pasaron a manos republicanas. Se dice que hay estados y zonas rurales donde el Partido Demócrata apenas presenta batalla. Por lo demás, hay interrogantes acerca de la efectividad e integralidad coyuntural del Partido republicano dada la polarización interna entre sus dos alas tradicionales y el efecto de la influencia excesiva del ‘Tea Party’, los fundamentalistas religiosos y otras fuerzas de ultraderecha.

A unos 50 años de que los dirigentes republicanos comenzaron un cínico acercamiento y manipulación a masas de votantes blancos encolerizados, muchos de ellos desposeídos, el partido está recogiendo lo que sembró : unas bases que están siendo consumidas por la furia, no solo contra los demócratas sino contra los republicanos que han roto las promesas hechas para cortejarlos, según se ha reflejado en el favoritismo que otorgaron a figuras como Donald Trump, ajenas a la maquinaria del Partido durante parte de la campaña electoral de 2016.

Aunque agobiada por las urgencias cotidianas y pese a los obstáculos puestos en el camino de la participación popular – también hacia el otro lado del espectro la gente tiene el potencial de responder ante expresiones más frescas y alternativas sobre los asuntos del momento, como se reflejó en el respaldo bastante espontaneo (también por fuera de los canales previstos, en este caso, por la maquinaria demócrata) con que respondieran a la campaña presidencial del senador independiente Bernie Sanders.

Alimentado en buena medida por el hecho de que una mayoría de la población ha experimentado un virtual estancamiento o declinación de beneficios y oportunidades, existe un sentido de desesperanza con el futuro y fuerte antagonismo hacia las instituciones. La desilusión, angustia y odio respecto a casi todas las instituciones es abrumador. El nivel de respaldo al Congreso se ha mantenido durante años en torno al 10%. Algunos consideran que, aunque tal rechazo no adquiere formas organizadas, puede devenir en desarrollos amenazadores.

Es decir, grandes bloques de votantes están rechazando de manera consciente las élites de sus respectivos partidos. Una enorme ola contra el establishment tiene lugar tanto a la izquierda como a la derecha del espectro. Tanto el fenómeno de Sanders, como el de Trump en el otro extremo, son muestra de la profunda insatisfacción entre los estadounidenses con el disfuncional sistema político del país, en particular los rejuegos simbolizados en Wall Street y en la capital federal. El destacado periodista Bill Moyers señalaba (abril 2016) que “ambos partidos están igualmente amenazados de perder su legitimidad si mantienen el amplio abismo que separa a sus dirigentes del pueblo”.

III . El duopolio partidista en Estados Unidos

Durante años ha sido característica de la política en ese país su fragilidad estructural u volatilidad emocional. Ambos partidos, notorios por su habitual demagogia, la falta de democracia en su funcionamiento interno y por operar en un marco de confusas y manipuladas reglas electorales, conducen sus campañas en torno a cuestiones de imagen o sobre la última pifia de sus contrarios, o escarbando acerca de escándalos sinsentido que les permiten mantener lejos de la atención ciudadana el debate central de las políticas gruesas o aquello que pueda amenazarles su control oligárquico. El nivel del debate, cuando lo hay, es banal y lleno de bajezas.

El sistema bipartidista estadounidense a nivel nacional y local ha venido languideciendo. En las elecciones presidenciales, que son las más concurridas, se abstiene de votar aproximadamente la mitad de los electores y una buena parte de los que votan lo hacen por ciertos temores que los llevan a votar por “el menos malo” entre dos candidatos ninguno de los cuales resulta de su agrado. Esto se ha mostrado muy claramente en la campaña de este año.

Por otra parte, la gente deja de votar sobre todo porque no creen que las elecciones hagan diferencia alguna en su situación. Asimismo, muchos de los rasgos del sistema y los obstáculos para ejercer el sufragio que, además tiene lugar un día laboral (martes), llevan a que sean los sectores empobrecidos y las minorías discriminadas quienes tienen más baja participación, lo cual resulta funcional al predominio de las élites.

Las reglas de la política electoral son poco claras, cambiantes, muy manipuladas y extremadamente restrictivas, incluso comparándolas con otros países capitalistas. Se vota en todo el país pero se computa separadamente como 50 votaciones separadas. El candidato ganador en cada estado se lleva toda la representación del mismo, de su peso electoral, que se suma para determinar la que resulta realmente una elección indirecta del presidente.

No son pocos los que critican el mercantilismo que impregna toda la campaña electoral, en la que se aplican técnicas de marketing, que muchas veces viabilizan el éxito. A la par, o después, que se logran credenciales con los círculos del poder, se trata de ‘vender’ un producto (el candidato), para lo cual los votantes son tratados como consumidores. Investigadores y agencias de expertos determinan diferenciadamente los deseos, temores y sentimientos de este o aquel sector de población o región del país y en base a ello, desvergonzadamente, se articulan los discursos y las promesas, los embustes e insinuaciones acerca del contrario.

Al final, la competencia política a nivel presidencial se reduce a un asunto de engatusar a los ciudadanos, e incluso a infundirles temores, sin que en el escrutinio en sí haya mucho en juego, salvo legitimar la instalación en el cargo del político quizás más hábil entre los dos que concurren representando a la élite del poder económico. Se desacreditan los “extremos” y se enarbola e impone una supuesta “política centrista y responsable” conducente a que los privilegios de clase persistan sin ningún desafío serio. Se priva al pueblo de opciones sobre los asuntos más importantes de carácter socio-económico. Las élites políticas y mediáticas han constreñido el discurso público electoral en marcos estrechos que invariablemente refuerzan el status quo.

No obstante, detrás del espectáculo, el sistema de monopolio por dos partidos que se turnan en el gobierno ha sido una base fundamental de la estabilidad de la política nacional. Ambas entidades han sido – en palabras de Sánchez Parodi – “elemento esencial para la repartición de las cuotas de poder entre los sectores dominantes y marco para la solución negociada expresa o sobrentendida de los conflictos o contradicciones de intereses entre dichos grupos”.

Parte de esa pugna de intereses se expresa a través del financiamiento de campañas y de las grandes cadenas de medios de difusión, que lucran con cientos de millones de dólares en anuncios de campaña pagados, y mediante la manipulación de las esperanzas y los miedos prácticamente predeterminan quien es elegible o no entre los dos representantes de la élite del poder.

Numerosas trabas y regulaciones existen también para garantizar el rejuego y la exclusividad bipartidista ; ni los demócratas ni los republicanos quieren a nadie estructurando partidos al margen del duopolio bipartidista. Para ello han construido un laberinto de leyes discriminatorias y onerosas para la inscripción de candidatos alternativos en las boletas, y para impedir de hecho la formación o las posibilidades de lo que ha dado en llamarse ´un tercer partido’. En determinadas coyunturas, estos han gozado de amplio respaldo pero que el sistema se encarga de hacer aparecer como inconducente, como un mero desperdicio del voto para un electorado que, finalmente, es conducido a votar por ‘el mal menor’.

Ese llamado a votar por el menos malo, ante la repetida ausencia de reales alternativas políticas, resulta el más efectivo acicate para la participación de los votantes en pro de los candidatos del duopolio partidista, y un maravilloso dispositivo de la clase dominante.

Por otra parte, el proceso electoral manipulado y de limitadas opciones ocasiona el desenfoque y desmovilización periódica de los sectores progresistas, que en los años de elecciones – y en el período preelectoral – son empujados a enfilarse y apuntar sobre los síntomas de la política, los temas de la coyuntura, la agenda que dicta el sistema, y no sobre la estrategia y las sustancias de sus luchas.

El alto costo de las campañas electorales, para trasladarse en ese gran país, contratar personal y lograr visibilidad resulta un gran obstáculo para opciones alternativas. Y dado que los medios de difusión no dan cobertura a los terceros partidos la inmensa mayoría de la gente se mantiene ignorante de su existencia.

Estos partidos electorales alternativos siempre han sido agrupaciones minoritarias, de corta vida e influyentes solo debido a ciertos efectos moderadores puntuales sobre la línea de los dos grandes partidos. Todos fallaron debido a las poderosas maquinarias de estos y su entrelazamiento con los grandes negocios, así como por los hábitos políticos y la ideología de las masas, pero también debido a las prácticas legales e ilegales que se aplican para marginar a los terceros partidos :

Se utilizan artificios al diseñar interesadamente el contorno de los distritos electorales ; emisión de leyes y decretos para dificultar la inscripción de tales partidos, exigencia de números excesivos de firmas para ello ; acciones y decisiones sesgadas o torcidas por parte de funcionarios y juntas electorales (que en cada uno de los estados del país están controladas bien por los demócratas, bien por los republicanos). Asimismo, son antidemocráticas las reglas que posibilitan mayor acceso a fondos federales a los dos grandes partidos y otras.

Se han aplicado acciones ilegales como marginación por los medios de difusión, exclusión para participar en los debates televisados, campañas difamatorias y hasta el sabotaje y la violencia. Incluso, la forma misma como se formulan las encuestas de opinión socava la capacidad de candidatos alternativos y de los terceros partidos para participar en la justa.

Los dos partidos del sistema son coaliciones bastante cambiantes y deshilvanadas ; heterogéneas y multi-clasistas. Sus estructuras son débiles y descentralizadas, lo que es una fuente de su falta de cohesión, pero también que por ello resulten más susceptibles a tener órganos nacionales y funcionarios controlados por las élites y que responden a tales intereses. No tienen miembros sino ‘adherentes’ ; no tienen carné ni pagan cuotas ; no hay que cumplir obligaciones para admisión, ni criterios precisos para ello. Pero en su seno cuentan con maquinarias electorales regionales, compuestas por pequeños grupos de abogados, consultores mediáticos y recaudadores de fondos nucleados en torno a los congresistas, alcaldes y otros políticos de esta o aquella región, y de conjunto constituyen entidades bien conectadas con quienes detentan el poder económico-financiero.

Un analista estadounidense se hacía la pregunta : « ¿Cómo es posible que un partido antisindical, opuesto al control de armas, al alza de los salarios y al derecho de las mujeres, que es indiferente al endeudamiento creciente del estudiantado, que se opone a aplicar regulaciones e impuestos a las corporaciones y los bancos, pero apoya otorgarles subsidios, que niega la realidad misma del cambio climático…, como es posible que tal partido, el Republicano, sea visto como legítimo y que obtenga alguna suerte de ‘respaldo’ electoral de un número significativo de norteamericanos ?  ». Y esta misma persona se responde que el asunto se asienta en profundos tabúes de la historia del país, en sus miedos y manipulaciones, incluyendo en primer lugar su profundo racismo.

Los vínculos de los votantes con ambos partidos se han debilitado. La mayoría de ellos se registran ‘independientes’, y se supone que ellos nutren la mayor parte de los que se abstienen de votar. Aunque parte del electorado cambia de preferencias fácilmente según los temas del momento, se estima que solo un 5% de los votantes cambia de partido entre elecciones.

En general, las directivas tienen escaso control en la selección de candidatos y en las plataformas que estos enarbolan. Aunque les sirven de plataforma, los candidatos pueden obtener la nominación en uno u otro partido de manera independiente dados el papel de la TV y los medios, la adquisición y uso de listas de correos para llevar sus mensajes directamente al elector. También se benefician de leyes de financiamiento que les permiten operar al margen de las maquinarias partidistas, pero que los hacen más dependientes de quienes detentan el poder del dinero, así como más propensos a la corrupción.

De modo que buena parte de los congresistas de uno y otro partido mantiene el cargo no debido a la bendición y el apoyo de los líderes nacionales del partido, sino debido a la labor que ellos y los que lo apoyan han realizado en los distritos que representan… y donde para ganar se ven obligados a veces a componer coaliciones bastante coyunturales, pero donde las conexiones con los grupos de poder regionales resultan claves.

Con tal autonomía relativa y en un país tan diverso, es inevitable que los que ocupan cargos electos crucen frecuentemente las líneas partidistas, máxime cuando ambos partidos no tienen grandes diferencias.

El profesor Walter Dean Burham, del Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT), señalaba que « el Partido Republicano es genuinamente un partido de la derecha… pero que no tiene contraparte de izquierda en el mercado electoral estadounidense ». Los demócratas « ni remotamente han sido nunca un partido de izquierda… Son una mezcolanza de segmentos e intereses extremadamente diversos, que van desde algunos importantes sectores del gran capital hasta los trabajadores industriales y los negros de los ghettos ».

En las últimas décadas el Partido Demócrata ha cultivado y manipula muchas de las bases de trabajadores y de las minorías, al mantener la falsa imagen de ser quienes proveen empleos y más beneficios al ciudadano común, pero sus políticas fundamentales y su estrategia son igualmente definidas por los intereses y fundamentos económicos de las clases adineradas. Además es evidente que ambos partidos se desplazaron a la derecha durante el periodo de mayor virulencia neoliberal.

Tanto demócratas como republicanos, según el politólogo estadounidense Michael Parenti, « están comprometidos con la preservación de la economía corporativa privada, con los enormes presupuestos militares, con el uso de subsidios, gastos deficitarios, concesiones y descuentos impositivos para estimular las ganancias empresariales ; están comprometidos a canalizar los recursos públicos a través de canales privados, incluyendo el desarrollo completo de nuevas ramas a expensas de los recursos públicos ; están comprometidos a emplear la represión contra los opositores (al sistema) y a la defensa del sistema corporativo multinacional… »

Ahora bien, la equivalencia o semejanza entre ambos partidos no impide que compitan vigorosamente por empoderarse y hacerse con los cargos electivos, las sinecuras y prebendas que ello conlleva. Para eso despliegan un antagonismo retórico considerable, y recurren a las mayores bajezas.

Ambos partidos propugnan el belicismo y al respecto difieren principalmente en la argumentación que utilizan para justificar el intervencionismo. La política exterior del país y su carácter imperialista, además de aplastar la soberanía de los países, ha terminado por tener un efecto doméstico también contrario a la democracia y al ejercicio de las libertades ciudadanas.

En los próximos días esa campaña llega a su fin. Casi la mitad del electorado se abstendrá de votar el 8 de noviembre. La elección del nuevo presidente o presidenta se nos venderá como un ejercicio democrático. Después de tantas ofensas y artimañas, cabe la posibilidad que se repita el ritual demagógico donde el candidato perdedor no escatime elogios a quien asumirá el cargo. Sin embargo, otros predicen posibilidades de violencia. Finalmente las promesas y las plataformas serán mayormente engavetadas y comenzará entonces « el real negocio de gobernar » con la venia de las élites financieras.

Ferando García Bielsa

Articulo tomado de un capítulo de libro del autor en proceso de edición

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