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11 de enero de 2016

El «Je suis Charlie» endurece a Francia

por Rafael Poch*

 

Más policías en Francia y más soldados en el exterior un año después de la gran marcha del 11 de enero del 2014

Con la gran movilización del 11 de enero del año pasado, la ciudadanía francesa defendió la libertad e hizo suyos los símbolos de la República contra la barbarie. Un año después, la consecuencia de aquella esperanzadora reacción es contradictoria. Su principal resultado práctico ha consistido en dar por bueno el endurecimiento policial y militar, potencialmente liberticida de puertas adentro y lanzador de bombas en Siria e Iraq, llevado a cabo por el presidente Hollande y su Gobierno. Ni la política económica ni la exterior se han cuestionado. La averiada máquina integradora de la República no se ha tocado.

Para unas autoridades desprestigiadas por el pobre resultado de su administración, la gestión del terrorismo se ha convertido en la principal baza de legitimación. Junto con el hacer barrera al Frente Nacional –al que votan el 51% de los policías y los militares franceses, según un estudio divulgado esta semana– esa baza es el capital fundamental sobre el que gobiernan los socialistas de cara a su reelección en el 2017, en competición con sus rivales de la derecha.

Unos y otros no han cesado de reivindicar los « valores de la República » a lo largo del año mientras propugnan un rumbo que erosiona sus fundamentos. La República no era socialista ni igualitarista, pero « mantenía un mínimo de igualdad de derechos entre todos los ciudadanos », explica Jean-Claude Mailly, secretario general del sindicato FO. Pero sin trabajo y con unos servicios públicos recortados, ni la educación nacional, ni el tejido asociativo, ni los llamamientos a la convivencia consiguen compensar una política que potencia la desigualdad en beneficio de las clases medias altas y de la élite social.

La función que el sistema de educación nacional francés ejerce es incapaz de realizar su gran potencial si los otros elementos de la convivencia están averiados: un cuadro de familias desestructuradas, estigmatización por motivos de raza, creencia o procedencia y fuerte desempleo. La benéfica influencia de la educación nacional para la integración es comparable a un cuerpo que reciba una dieta bien provista de vitaminas, pero fuertemente deficitaria en proteínas u otros aportes básicos. El propósito oficialmente proclamado de fomentar el respeto a la diferencia, del que la laicidad –la neutralidad del Estado en cuestión de creencias– es un puntal, choca cada vez más con los impulsos comunitaristas, basados en la identidad y el origen cultural-religioso de unos y otros. La República no funciona para reparar la fractura porque, pese a su retórica, erosiona en la práctica su promesa de integración.

El partido de Nicolas Sarkozy, que antes se llamaba UMP, ha cambiado su nombre por Los Republicanos, denominación dirigida « a todos aquellos y aquellas para quienes el legado de la civilización cristiana no es una opción », escribía hace unos meses Sarkozy en su cuenta de Twitter. Dentro de esta neorrepública, la mitad más privilegiada de los franceses pretende apropiarse de la tradición histórica nacional, explica el ensayista Emmanuele Todd. La laicidad es vista y percibida como una especie de religión de Estado agresivamente enfocada contra la población de tradición musulmana, dice este autor judío para el que « a mayor ateísmo militante, mayor islamofobia, lo que a su vez alimenta el antisemitismo ». Otros autores contradicen la tesis de Todd y enfatizan otros aspectos, con mayor o menor brillantez, pero aún no hay un diagnóstico general del problema capaz de crear consenso.

Un año después de los atentados de la segunda semana de enero en París que abrieron el año terrible, la fractura social de Francia no ha cambiado de aspecto, y algunas de las medidas adoptadas contra el yihadismo podrían incluso agravarla, advierten sus críticos.

Rafael Poch* corresponsal a París para La Vanguardia

La Vanguardia Barcelona, el 11 de enero de 2016.

* Rafael Poch, Rafael Poch-de-Feliu (Barcelona, 1956) ha sido veinte años corresponsal de La Vanguardia en Moscú y Pekín. Antes estudió historia contemporánea en Barcelona y Berlín Oeste, fue corresponsal en España de Die Tageszeitung, redactor de la agencia alemana de prensa DPA en Hamburgo y corresponsal itinerante en Europa del Este (1983 a 1987). Actual corresponsal de La Vanguardia en París.

El Correo de la diáspora. París, el 11 de enero de 2015.

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