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7 novembre 2020

Desaparición de Basterra, sobreviviente y testigo clave en los juicios de la verdad

 

En blanco y negro

Por Ana María Carreaga*

Siempre decía que no era así cuando alguien elogiaba como un acto heroico el haber sacado una por una, de las mazmorras de la ESMA, las fotos de los represores.

Que no sabía lo que hacía, decía. Y en realidad sí lo sabía. Tal vez no pudiera dimensionar el alcance que esos cotidianos actos heroicos habrían de tener. Pero iba con su portafolios gastado, y esas carpetas que lo acompañaban a todos lados como en un conjuro contra la ignominia.

Las había tomado cuando pudo hacer de su propio oficio -aún en los sótanos del horror, y transitando pasillos de muerte y de tortura- un modo de diseñar el mayor acto de resistencia y de desagravio contra los gendarmes del terror.

Cada disparo de la cámara, frente a la propia soberbia de quienes se erigieron en dueños de la vida y de la muerte -y así lo gritaban a viva voz-, fue un acto heroico, fue un acontecimiento inolvidable. Cada disparo de la cámara registró y mostró al mundo que esas atrocidades que sucedían –en este caso en ese centro clandestino de detención, tortura y extermino- eran perpetradas por personas de carne y hueso. Hay seres humanos que pueden cometer las peores crueldades si suponen que no van a ser juzgados y condenados por ello. Si se saben anónimos. Y los represores de la dictadura pretendieron ser el paradigmático modelo de eso.

Por eso la represión fue clandestina, y participaban caracterizados en los operativos, se cambiaban los nombres, se fabricaban identidades falsas y confeccionaban la documentación correspondiente. Y allí entra Víctor, con su oficio de obrero gráfico y su caja secreta donde atesoró todas y cada una de esas caras para sacarlas luego de allí, mimetizadas en su cuerpo.

Víctor, con su hacer heroico, vino a decirles a cada uno de esos exponentes del mal, que los actos de las personas tienen consecuencias. Y esas fotos que señalaron a los autores materiales del genocidio, recorren hoy las audiencias de los juicios devolviéndoles a los reos sentados en el banquillo de los acusados su propia imagen en forma invertida, que les muestra, en espejo, lo peor de la condición humana. Claro mensaje de la lucha fundacional e indestructible por Memoria, Verdad y Justicia.

Y no fue solo eso. Sacó de ese antro de la infamia los rostros de personas secuestradas también como prueba para la condena y como alivio del alma de sus seres queridos. Todos nosotros y nosotras tendremos grabadas para siempre esas figuras que se multiplican en tribunales y juzgados.

Ahora se fue. Y mientras estaba siendo internado, el odio que sus victimarios sienten por él volvía repetidamente en boca de sus abogados. Y en cada intervención y alegato en que lo nombran pareciera producirse un efecto paradojal, como si al decir una y otra vez Víctor Basterra, reforzaran la magnitud de ese acto heroico que cambió la historia.

Fue una historia que atravesó a una generación luchadora y comprometida con la realidad de su tiempo, de la que él formaba parte, generosa y desinteresadamente. Una historia que él detuvo y recortó, como si inventara una operación en el tiempo, de esa magnitud, aunque tal vez para él no fuera suficiente. Una historia que hizo de negativos ocultos una acción inquebrantable que perpetuó su voz y su impronta para siempre. Un testimonio indeleble que resonará por siempre en nuestras vidas, y en imágenes justicieras narradas en blanco y negro.

*Ana María Carreaga Sobreviviente del centro clandestino de detención Club Atlético, hija de Esther Ballestrino de Careaga, psicoanalista, profesora universitaria y exdirectora del Instituto Espacio para la Memoria.

Página 12. Buenos Aires, 7 de noviembre de 2020

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