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7 mai 2004

Honduras
1954, cuando los obreros tuvieron el poder

 

Atraídas por la mano de obra extremadamente barata, tierras fértiles, concesiones y exoneraciones fiscales, a principios del siglo XX, varias compañías bananeras estadounidenses llegaron y se afincaron en Honduras para explotar los recursos naturales y avasallar dentro de una "prisión verde" a millares de trabajadores.

Por Juan Carlos Rivera Torres
Tiempo de honduras, 4 de mayo del 2004

En las ubérrimas tierras de la costa norte, se instaló en 1902 la Cuyamel Fruit Company, una empresa del norteamericano William Streich, quien consiguió una concesión del Gobierno a cambio de construir una línea de ferrocarril en el sector de Cuyamel.

Al principio, Streich compró bananos a los productores nacionales y luego los exportó. Después, optó por cultivar la fruta, pero fracasó por falta de capital.

Tras el mal logrado intento, Streich vendió en 1905 las propiedades y derechos a Samuel Zemurray, quien potenció la Cuyamel Fruit Company, cuando, en 1911, el presidente Manuel Bonilla le dio, a cambio de un gran favor, una concesión para que explotara 10.000 hectáreas de tierra, libre de impuestos, en el sector de Tela.

Muy joven, de quince años, Zemurray, hijo de un agricultor judío, llegó procedente de Besarabia a New Orleans en 1892. A pesar de ser un adolescente, trabajó sin cesar. Se dedicó al comercio de bananos ; los compraba en el muelle de Mobile y después los vendía en las ciudades y pueblos cercanos. Así logró amasar una envidiable fortuna antes de cumplir los veinte y desposarse con la hija de Jacob Weinberger, el comerciante más importante de ese rubro en New Orleans.

Manuel Bonilla conoció a Zemurray en New Orleans, cuando el ex mandatario catracho se encontraba en el exilio. Se convirtieron en amigos y diseñaron un plan para dar golpe de Estado al presidente constitucional, Miguel Dávila.

En el buque Hornet, Zemurray y Bonilla zarparon con destino a Honduras. Desembarcaron en Trujillo. Desde ese puerto, ellos dos y un grupo de bucaneros fuertemente armados salieron rumbo a Tegucigalpa para tomar el poder.

Ese mismo año (1911), como una muestra de agradecimiento, Bonilla le dio al ruso una licencia de explotación y tierras para que cultivara bananos. Durante muchos años, Zemurray disfrutó de las ganancias y el poder que le granjearon los bananos. En cambio, Bonilla no duró mucho tiempo como presidente. Murió en 1913.

Detrás de Zemurray, llegó para quedarse la United Fruit Company.

Hasta 1870, en Estados Unidos, eran contados con los dedos de las manos, las personas que conocían los bananos. Pero, ese año, Keith Cooper Minor, un empresario ferrocarrilero de Brooklyn, de 23 años, exportó, desde Costa Rica, las primeros guineos al mercado gringo. Tres décadas después, los norteamericanos consumían aproximadamente 16 millones de racimos al año.

Minor llegó a Costa Rica porque el Gobierno lo contrató para construir la infraestructura ferroviaria (un proyecto que costó centenares de vidas, en cuenta, las de sus dos hermanos). Durante su estancia en ese país, el audaz Minor fue más allá del tren y las vías férreas : se casó con la hija del presidente y logró conseguir grandes extensiones de tierra donde cultivó bananos.

Al descubrir el "oro verde", con otros socios, Minor fundó en 1899, en Boston, la United Fruit Company, la compañía bananera más grande del globo terráqueo con plantaciones en Colombia, Costa Rica, Cuba, Jamaica, Nicaragua, Panamá y Santo Domingo.

La United Fruit Company se instaló en 1912 en Honduras y fundó la Tela Railroad Company, luego de que el Gobierno le pusiera en bandeja de plata todas las condiciones para cultivar la fruta tropical. Desde ese momento, inició una acelerada carrera de expansión y dominio en la costa norte.

El cuatro de marzo de 1913, la United Fruit Company le compró a Zemurray una concesión que consiguió su amigo y socio, Hillyer V. Rolston. Sin demoras, también adquirió la licencia de la Trujillo Railroad Company, propiedad de Víctor Camors, que operaba en el sector de Trujillo.

Ambos contratos eran similares. La United Fruit Company estaba obligada a construir un muelle y un ferrocarril, a cambio, el Gobierno la exoneraría de cualquier arancel al momento de ingresar maquinaria, rieles, durmientes y todo lo necesario para instalar, equipar, mantener y explotar el muelle y el ferrocarril durante sesenta años.

Según uno de los contratos, por cada kilómetro de vía férrea construido, la United Fruit Company tenía derecho a recibir grandes extensiones de tierra para cultivar banano. Además, el Gobierno la autorizó para que utilizara libremente la madera, piedra, cal, arena y otros materiales que se encontraban en tierras nacionales o ejidales ; uso de la fuerza motriz de las aguas de los ríos o corrientes naturales adyacentes a cincuenta kilómetros del ferrocarril ; utilización gratuita de terrenos nacionales para la construcción de oficinas, bodegas y talleres. La compañía tenía garantizado, la construcción y uso de líneas telegráficas. Podía ingresar a Honduras, empleados extranjeros, colonos e inmigrantes.

La concesión de la Tela Railroad Company tenía el mismo tinte. El Gobierno la eximió del pago del faro, tonelaje y zarpe y otros impuestos de puerto a favor de todos los vapores de la compañía. La bananera se comprometió a pagar al Estado, un centavo oro por cada racimo exportado a través del muelle y ferrocarril.

No obstante, antes de que esas compañías iniciaran a comercializar banano hondureño, Giusseppe Machecca, jefe de la Mafia Siciliana establecida en New Orleans, y algunos de sus agentes, como Santos Oteri, gracias al apoyo de los gobernantes hondureños de esa época, abrieron empresas para entrar de lleno al negocio.

El 5 de febrero de 1890, el general Luis Bográn le otorgó una subvención a los vapores de la empresa "Machecca y Hermanos". Inmediatamente después, fundaron la compañía Machecca Brothers Company, con sede en La Ceiba.

Mientras a Oteri, que comercializaba frutas, el Gobierno de Marco Aurelio Soto, le subvencionó el buque E.B. Ward para que estableciera una ruta periódica entre Honduras y New Orleans.

Las ganancias que obtuvieron en el negocio, las invirtieron en la ampliación de la flota con embarcaciones de pequeño calado. Así constituyeron la "Oteri Pionner Line". A este rentable negocio se agregó la Machecca Brothers, la Central American Steamship y la Galveston Steamship.

Pero, el negocio le duró poco a Giusseppe Machecca. Lo asesinaron en New Orleans en 1890 . Sin embargo, algunos sicilianos protegidos por el padrino de esa mafia continuaron la comercialización del banano. En 1899, los hermanos Vaccaro en sociedad con sus parientes, los D’Antoni, formaron la Vaccaro Brothers & Co en esa ciudad estadounidense.

La Vaccaro Brothers and Co. comenzó a comprar bananos a cultivadores independientes establecidos en las Islas de la Bahía. A partir de 1903, el presidente Manuel Bonilla les dio concesiones para que explotaran de manera masiva el rubro. A principios de la segunda década del siglo XX, la compañía cambió de nombre : se llamó Standard Fruit & Steamship Co. En 1926, pasó a denominarse Standard Fruit Company.

Desde que las compañías se radicaron en la costa norte comenzaron a crecer, tanto en la cantidad de empleados, como en tierras.

Hacia 1913, la United Fruit Company controlaba el sistema ferroviario hondureño y para 1924 tenía 87.800 acres cultivados sobre un total de 400.000 acres poseídos.

"El territorio controlado por la Cuyamel Fruit Company es un estado en sí mismo... alberga a sus empleados, cultiva plantaciones, opera ferrocarriles, facilidades terminales, líneas de vapores, sistemas de agua, plantas eléctricas, comisariatos, clubes (...)", describió el cónsul estadounidense acreditado en Puerto Cortés en 1916.

En La Ceiba, los hermanos Vaccaro crecieron a la velocidad de la luz. Fundaron un banco y empresas fabricantes de una diversidad de productos.

Para aumentar las ganancias, utilizaron todos los medios posibles, sobretodo, la explotación de la mano de obra. Hillyer V. Rolston, lugarteniente de Zemurray, que luego se convirtió en uno de los dueños de la United Fruit Company, lo evidenció en una carta que envió a uno de sus abogados :

« Cortés Development Company
« Puerto Cortés, 20 de julio de 1920
« Sr. Licdo, Luis Melara
« Estimado Luis

« Te envío este pliego de instrucciones, su portador Sam Cariuther ; asimismo recibirás de él, una caja que contiene un valioso obsequio que el viejo manda para que se le entregue a doña Anita. Prepárate el discurso. Ya se imaginará la Reina Victoria o superior. Es posible deslumbrarla.

« Me hace ver en todo esto el método de dureza siempre recomendado por Pemberton, y el judío Lázarus. ¿No crees tú lo mismo ? Desean conservar su pedestal inamovibles, es mi idea.

- « 1. Para que nuestros grandes sacrificios, y nuestras cuantiosas inversiones, no hayan sido hechas en vano, debemos adquirir y apoderarnos de tantos territorios de la nación, como de particulares, y todas las riquezas que nos permita nuestra capacidad adquisitiva, y nuestro poder de absorción.

- « 2. Debemos propender al enriquecimiento de nuestra empresa, y obtener todas las posibilidades que nos ofrezcan nuevos campos de explotación. En fin, debemos obtener las tierras, que a nuestros intereses estratégicos se hagan aparecer como deseables, que garanticen nuestro futuro desenvolvimiento y desarrollo agrícola, incrementando nuestro poder económico.

- « 3. Debemos obtener contratos implacables, de tal naturaleza que nadie pueda sustentar competencia, ni en el futuro lejano a fin de que cualquiera otra empresa que se estableciera y pudiera desarrollarse, tenga nuestro control y se adapte a nuestros principios establecidos.

- « 4. Debemos obtener concesiones, privilegios, franquicias, abrogación de impuestos aduaneros, exonerarnos de toda carga pública, de gravámenes, y de todos aquellos impuestos y obligaciones, que mermen nuestra defensa económica.

- « 5. Es indispensable cultivar la imaginación de estos pueblos avasallados, atraerlos a la idea de nuestro engrandecimiento y de una manera general, a políticos y mandones que debemos utilizar. La observación y estudio cuidadoso, nos permite asegurar que este pueblo envilecido por el alcohol es asimilable para lo que se necesita y destine ; es nuestro interés procurarnos porque se dobleguen a nuestro exclusivo beneficio ; generalmente, éstos como aquellos, no tienen convicciones, carácter y menos patriotismo ; y sólo ansían cargos y dignidades, que una vez en ellos, nosotros se los haríamos más apetitosos.

- « 6. Estos hombres no deben actuar por su propia iniciativa, deben actuar en el sentido de los factores determinantes, y a nuestro control inmediato.

- « 7. Debemos separar a nuestros amigos que han estado a nuestro servicio, que consideramos envilecidos por su lealtad, pues tarde o temprano, nos traicionarán, alejarnos si que se sientan ofendidos, y tratarlos con alguna diferencia para no servirnos más de ellos. Tenemos necesidad, sí, de su país, de sus recursos naturales, de sus costas y sus puertos, de que poco a poco debemos adquirir.

- « 8. De una manera general, todas la palabras y pensamientos, deben dar vueltas en torno de estas palabras : poderío, bienestar material, campos de trabajo, disciplina y método. Hay que proceder con sutileza, no exponiéndonos a ninguna idea que nos señale o justifique nuestra pretensión dominadora. Nada de acción bienhechora ni consideraciones, en resumen, ningún aliento generoso. Sin nuestros proyectos terminasen mal, tomaríamos una nueva orientación, nos haríamos más modestos, más sencillos, más simpáticos y quizás buenos.

- « 9. Debemos producir desgarramiento en la incipiente economía de este país para aumentar sus dificultades, y se faciliten nuestros propósitos. Debemos prolongar su vida trágica, tormentosa y revolucionaria ; el viento sólo debe soplar a nuestras velas, a sus aguas humedecer no más que nuestras quillas.

- « 10. Estamos pues, en el punto de partida, tú conoces mejor los hombres que yo. A tu llegada te mostraré una lista de las tierras que debemos obtener, si es posible, de inmediato, debemos parar a Goodel en ’el Bográn State’, vamos a forjarnos un plan bien estudiado para su desarrollo.

« Nos vemos

« H. V. Rolston »

Ingerencia política

Para el primer cuarto del siglo XX, la costa atlántica de Honduras estaba controlada por tres compañías fruteras, que como en un pleito de perros y gatos, disputaban el mercado de New Orleans.

Esa enconada competencia la trasladaron a la palestra política de Honduras. Las compañías aportaban dinero y armamento a sus candidatos y propiciaban golpes de Estado para llevar al poder al hombre que mejor les sirviera.

Mientras las compañías se enriquecían, el fisco de Honduras captaba poco o nada de la comercialización del banano.

"Es muy evidente que el gobierno de Honduras, más allá de la recolección de un considerable impuesto de aduanas y el hecho de que se encuentra empleo para unos pocos empleados, recibe muy poco beneficio de la concesión otorgada a la Cuyamel. Todos los puestos ejecutivos, de oficina y especializados, son cubiertos por extranjeros, en tanto, que el nativo solamente realiza el trabajo no especializado, con el machete, y su pequeño estipendio es, a su vez, consumido por el comisariato de la Compañía", informó un cónsul norteamericano en 1916.

En 1921, un estadounidense experto en finanzas le presentó un informe al presidente de la república, Rafael López Gutiérrez, en el cual le hizo ver el mal negocio para el país.

"Los privilegios muy generosos que han sido otorgados a los concesionarios, especialmente en la costa norte, por lo general han estipulado que las tierras ocupadas por estas compañías quedarán exentas de todo impuesto fiscal o municipal, inclusive de los que fuesen establecidos en el futuro o cuando más han limitado la cantidad cobrable sobre bienes raíces a una suma nominal por hectárea, con una tarifa fija insignificante que no corresponde siquiera al valor corriente de los arriendos. Por ejemplo, la Cuyamel Fruit Company, está exenta de todo impuesto fiscal o municipal sobre la posesión y el cultivo de los terrenos ocupados, excepto un gravamen anual que puede exceder de un peso por hectárea. Estos terrenos concedidos incluyen las tierras más productivas del país, donde se producen con gran rendimiento y fácilmente explotables, bananos, caña de azúcar, cocos, etc, que salen para la exportación".

A los dueños de las compañías no les interesaba el bienestar del país, al contrario, deseaban sobremanera verlo en la ruina económica. Entre ellos, el instinto caníbal lo mantenían a flor de piel.

En 1929, el astuto Zemurray mató dos pájaros de un sólo tiro : a cambio de 300.000 acciones, vendió la Cuyamel a la United Fruit Company. Con esa jugada, el ruso se convirtió en el mayor accionista, amo y señor de esa transnacional.

Desde ese año, hasta 1957, Zemurray ocupó cargos importantes, como la presidencia, de la United Fruit Company. En 1961, el mal de Parkinson lo llevó a la tumba.

Situación laboral

Durante los primeros cincuenta años del siglo pasado, los trabajadores de las compañías bananeras realizaron huelgas a diestra y siniestra para exigir aumentos salariales, dinero en vez de cupones, reducción de la jornada y mejores condiciones laborales. Pero lograron poco. Casi siempre, las protestas de esa naturaleza duraron no más de tres días porque fueron reprimidas por los militares o por trabajadores patronales, conocidos como rompehuelgas.

En muchas ocasiones, hubo muertos.

Una vez, en La Lima, dos mil trabajadores dejaron de laborar, algunos asaltaron los comisariatos para obtener alimentos y otros se apoderaron de un tren con el propósito de reunir un considerable número de trabajadores para realizar una protesta.

Durante otra huelga, Vicente Tosta, ex ministro de Guerra y ex presidente de Honduras, le envió una nota a uno de los ejecutivos de una de las bananeras en la cual autorizaba el uso de la fuerza para controlar a los manifestantes :

"Celebro que haya logrado frustrar la huelga de La Lima y espero que en los otros campamentos tenga igual éxito. Debe Ud. proteger a todos aquellos que desean trabajar, convenciendo a los huelguistas a reanudar sus labores o abandonar los campos, usando de la mayor energía al no ser atendido y en último caso reduzca a prisión a los cabecillas, pues conviene extinguir la huelga en ese litoral. Generalmente los fomentadores de esto son los más haraganes que viven de los juegos y robo. Espero que Ud. de acuerdo con los comandantes de esa región, incline al trabajo a todo el mundo y mantenga el orden más estricto", escribió Tosta.

Además de usar la fuerza militar, las bananeras contrataban negros de las antillas caribeñas -eran fieles a sus intereses y no "eran revoltosos"- pese a que, el Estado de Honduras, al igual que otros de América, no estaba de acuerdo con la inmigración de descendientes de africanos hacia este país.

Al contratar trabajadores de las antillas, las compañías abrieron una profunda grieta racial. A los nativos de Honduras les irritó la conducta de las empresas y comenzaron una compaña contra la gente de la raza negra. Consideraban que los negros les quitaban los empleos y se prestaban al juego de las compañías. "Raza ignorante y deforme, cuya sola presencia infunde asco y repugnancia... actualmente hay demasiada indigencia entre la clase trabajadora de esta costa, es por ello también que hay tantos hogares sin paz y sin luz, que cunde el hambre, la miseria y el sufrimiento... tantos brazos desocupados, tantos hombres sin trabajo, tanta vagancia y tanto vicio", publicó el periódico El Martillo el 22 de abril de 1929.

El malestar de los nativos, poco a poco, desapareció. Debido a las presiones, los efectos de la Gran Depresión de 1929 y las pérdidas que las compañías registraron por los daños que les causó la Sigatoka y el Mal de Panamá, dejaron de contratar trabajadores de las antillas y comenzaron a repatriar en vapores y goletas a algunos negros a Jamaica y Belice.

Muchos de los antillanos que se quedaron se sumaron a la lucha de los trabajadores hondureños.

La huelga de 1954

(Honduras ya era llamada despectivamente "República Bananera" por los círculos políticos de Estados Unidos)

Durante los primeros meses de 1954, las relaciones entre las compañías y los obreros se tornaban más tensas. En La Ceiba, Tela, Puerto Cortes, La Lima y El Progreso, los obreros manifestaban descontento y exigían desde aumentos en los salarios hasta destitución de algunos ejecutivos.

Para ese tiempo, los trabajadores tenían conciencia de clase y una gran cantidad de ellos sabía qué era el Marxismo, en palabras simples : poder político del obrero. Las ideas de Marx y Engels llegaron a las fincas de manera clandestina envueltas en papel : en los periódicos Voz Obrera y Vanguardia Revolucionaria.

Vanguardia Revolucionaria tuvo una presencia enorme y desempeñó un papel preponderante en la organización de los obreros. Sus editores del Partido Democrático Revolucionario Hondureño (PDRH) llegaron a imprimir hasta 7.000 ejemplares semanalmente. De igual manera, Voz Obrera. Ambos periódicos eran repartidos en las plantaciones bananeras por medio de una red de distribuidores clandestinos.

’Hemos de formar como principio los comités sindicales : en las secciones de línea, estaciones, talleres y atraerse a empleados hondureños que desde sus puestos de oficina bien pueden colaborar con nosotros a formar el sindicato. Hay una campaña previa que hacer, como decir elaborar pliegos de firmas para elevar al Supremo Congreso Nacional y en unión de todos los obreros y campesinos del país, pedir a una sola voz libre organización sindical (...) si el respetable Congreso le da carpetazo a nuestra petición, siempre llevaremos a cabo la organización sindical’, sugirió Voz Obrera en una publicación a los obreros ferroviarios de la Tela.

Anteriormente, Durante la década de 1940, algunos dirigentes comunistas realizaron labores de politización en los campos. Julio César Rivera, fue uno de los que pregonó incansablemente las ideas de Marx entre los trabajadores.

Los días críticos, o la pesadilla para las bananeras, comenzó a finales de abril. El 28 de ese mes, trabajadores de los departamentos de la construcción e ingeniería de El Progreso le presentaron una lista de reivindicaciones a la Tela, pero la compañía rechazó el pliego y rehusó negociar con ellos. El siguiente día, más de un mil trabajadores realizaron una asamblea en el patio de una zapatería de esa ciudad. Allí, llegaron representantes de otros departamentos, como una muestra de solidaridad.

El 30 de abril, los trabajadores se reunieron un vez más para analizar la situación y, como el día siguiente era 1º de mayo, Día Internacional del Trabajador (instituido en 1889 por la Segunda Internacional en memoria de los mártires Chicago) decidieron mañanear para realizar una manifestación pública.

Llegó el primero de mayo y los trabajadores salieron a la calle tal como lo acordaron la noche anterior. ’En la primera fila iban más de treinta dirigentes del movimiento con los brazos entrelazados, formando una cadena para demostrar unidad y fuerza’, recuerda Agapito Robleda, uno de manifestantes. ’Casi todos eran marxistas’.

- ¿Qué quiere esa gente ? -preguntó el coronel Eduardo Díaz, alcalde de El Progreso, cuando observó a los protestantes.

- ¡Sin duda, quieren guaro, mi coronel ! -contestó uno de sus subalternos.

En la fila, Nicolás Castellanos, uno de los trabajadores, dijo : ’Matías Arriaga nos va a ametrallar, pero no importa, moriremos con honor por la causa de los trabajadores’.

Todos los protestantes se agolparon en el parque Ramón Rosa y convirtieron el kiosco en su tribuna oficial para pronunciar todos los discursos.

"Nosotros salimos a celebrar el Día del Trabajador y, al mismo tiempo, a protestar. Nosotros no pensábamos en una huelga general, pero cuando vimos la gran cantidad de gente, pensamos que existía las condiciones para hacer algo más fuerte", dice Robleda, quien era trabajador del departamento de la construcción de la Tela.

En el kiosco, después de una breve exposición de las causas, Lito Toro leyó la declaratoria de la huelga general. En los siguientes días, por las calles de El Progreso se comenzó a mover un mar de gente. Obreros de todos los campos bananeros llegaron a apoyar el movimiento.

En otras ciudades, como en Tela, los trabajadores también abandonaron sus trabajos y salieron a protestar. "Recuerdo que hasta llegaron los de la Básica (militares) a desalojarnos", dice Rafael Alberty, uno de los dirigentes del movimiento en Tela.

"Anoche asistimos al mitin de los trabajadores en huelga. Ante una multitud compacta y heterogénea, el orador de turno electrizaba los ánimos ; con encendida dialéctica y los puños epilépticos fustigaba a la bananera, y hacía hincapié en perspectiva de una futura confederación de trabajadores de Honduras (...) Es admirable la perfecta sincronización del movimiento obrero. Se nota con simpatía la ausencia de borrachines y vagos. Reina tranquilidad. Los huelguista están recibiendo ayuda moral y material de diferentes asociaciones y del comercio, cuenta además con varias cabezas de ganado vacuno y porcino", publicó el periódico el Día 14 de mayo.

El Progreso era ya el fuerte principal de la huelga. Unos 30.000 trabajadores se apoderaron de la ciudad y establecieron el poder obrero. El comité de huelga logró imponer hegemonía sobre el alcalde, comandante de armas y otros funcionarios locales.

En esa ciudad ribereña, todos los establecimientos comerciales estaban cerrados, hasta las prostitutas dejaron de trabajar : los burdeles clausuraron eventualmente operaciones a petición de la dirigencia del movimiento obrero.

Las entradas y salidas de las carreteras y de la línea férrea, la estación del ferrocarril, el telégrafo, el correo, la alcaldía, las escuelas, lo servicios públicos, los centros de trabajo, el aeropuerto, la balsa utilizada para cruzar el río estaban bajo el control de los huelguistas.

Nadie podía salir de la ciudad sin un salvoconducto extendido por el comité de huelga. Hasta Matías Arriaga, temido por su despotismo y trayectoria criminal, más de alguna una vez tuvo que recurrir al salvoconducto.

"Los jefes gringos más despóticos y los esbirros más repudiados por el pueblo fueron detenidos por los huelguistas y sometidos a juicio en un tribunal popular ubicado en el parque" -recuerda Robleda- "Se les leía ante el público los cargos que se les imputaba, los que generalmente eran malos tratos, arbitrariedades y vejámenes cometidos contra los trabajadores".

Luego, eran sentenciados con penas simbólicas. A algunos los pusieron a pelar guineos y a otros les colocaron un gorro hecho de papel periódico, como indicativo de vergüenza. Siempre los dejaban libres. "Mr. Paty (ejecutivo de la Tela) se salvó porque huyó disfrazado de cura", dice Robleda.

El 11 de mayo, el Comité de Huelga le presentó a J. F Aycok, gerente general de la Tela Railroad Company, un pliego de peticiones de 30 puntos, entre ellos, aumento en los salarios, reducción de la jornada laboral, indemnizaciones en caso de despido, sistema de pensiones y otros aspectos importantes. En tanto, la Standard sí logró una negociación y puso punto final al problema en sus fincas.

Días después, los comités locales de las cinco terminales de la Tela, constituyeron el Comité Central de Huelga (CCH), integrado por 15 directivos. La mayoría, era del Partido Comunista de Honduras (PCH) y el resto compuesto por miembros o simpatizantes del Partido Democrático Revolucionario Hondureño (PDRH). César Augusto Coto (secretario general), Juan Bautista Canales, Francisco Ríos, Marcos Santos, Guillermo Rosales, Gabriel David, Augusto Castañeda, Manuel Sierra, José Vásquez, Adán Posas, Cruz Meléndez, Ernesto Pérez, Angel Domínguez, Antonio Rivas y Gregorio Ferrera.

Atrás del Comité, siempre estaba un ideólogo : Julio César Rivera. Un hombre que propagaba en los bananales las ideas de Marx, actividad que le costó el exilio en dos ocasiones.

El Comité Central de Huelga comenzó las negociaciones con la compañía. No obstante, para llegar a un acuerdo, la Tela le solicitó a los obreros que regresaran a sus trabajos. "De esta manera quería ganar tiempo y salir victoriosa sin dar una concesión", dice Robleda.

La compañía presionada por una huelga que parecía que nunca iba a terminar, comenzó a desprestigiar a los miembros del comité de huelga y a ganarse la voluntad de algunos dirigentes. Sobre los lugares donde había la mayor concentración de huelguistas, desde una avioneta, gente de la Tela lanzaba millares de hojas volantes, las cuales le informaban a los trabajadores que los dirigentes eran comunistas y extranjeros. También les hacían algunas propuestas.

La Tela fue acusada de intentar envenenar el agua que los huelguistas bebían. También, de haber querido introducir ciertas cantidades de aguardiente para emborrachar a los manifestantes.

Cierto día, para reducir el número de manifestantes, la Tela echó manos a un ardid. Envió a un emisario a informarle a los huelguistas que disponía de una milpa en el campo La Meza de La Lima para que fueran a cortar los elotes y se los comieran. Unas cuarenta personas le creyeron al emisario y fueron a la plantación de maíz. Cuando salían con los sacos de elotes, fueron abatidos a tiros por un pelotón de soldados. Los militares mataron a 14 personas. El resto quedó herido. Tras ser trozada por una metralla, una mujer embarazada dejó colgado el feto en el alambre de púa del cerco.

Sólo en La Lima, la Tela logró un relativo triunfo, al conseguir el apoyo de Jesús Valencia, profesor de educación primaria, quien participaba en la huelga simplemente porque estaba resentido con la compañía. Lo había sancionado por actos de corrupción.

En La Lima, Valencia fue el líder del movimiento. Casi desde el principio se declaró en rebeldía frente al Comité Central. El profesor Valencia arremetía constantemente contra la dirigencia por situarse en bandos ideológicos diferentes.

En una entrevista con un periodista, Valencia dijo : "El movimiento de La Lima es netamente hondureñista. Pero yo creo que en El Progreso hay instructores secretos que dan las consignas para la acción inmediata. Las autoridades saben algo de esto. Nosotros, en La Lima, no necesitamos ni pedimos ayudas extrañas (...) Luchamos porque se nos hagajusticia, pero nos somos extremistas".

(Después de la huelga, Valencia desapareció. Con el tiempo, se convirtió en delincuente y murió en 1955 cuando se enfrentó con las tropas de Eduardo Galeano, el comandante de La Lima).

A esa altura, la huelga era general en todo el país. Todos los empleados de las minas, fábricas de ropa, ingenios azucareros, aserraderos de madera, talleres de zapatos y plantaciones de algodón estaban paralizadas. A los industriales se les subió la sangre a la cabeza y uno de ellos le envió un mensaje al presidente Juan Manuel Gálvez, en el cual le solicitaba que ametrallara a las huelguistas de San Pedro Sula, tal como lo había hecho en julio de 1954, cuando ejecutó (con orden de Tiburcio Carías Andino) una matanza de cien personas en el centro de esta ciudad.

A pesar de la represión, los trabajadores del enclave bananero estaban seguros de alcanzar el triunfo. Los cambios sociales que el presidente de Guatemala Jacobo Arbenz había comenzado, motivaban los huelguistas a continuar.

En Guatemala, el Gobierno aprobó el Código de Trabajo, la libre sindicalización, la ley de seguridad social y otros derechos ciudadanos.

Entre 1944 y 1954 el gobierno chapín mantuvo una política exterior tildada de revolucionaria y comunista : rompió relaciones diplomáticas con los dictadores Francisco Franco de España y Rafael Trujillo de República Dominicana y fortaleció los lazos con la Unión Soviética.

Los adversarios de los huelguistas hondureños dijeron que Arbenz los ayudaba.

Prolongación

La huelga se prolongó por mucho tiempo. Llegó el mes de junio y aún no habían resuelto nada. La compañía se mantuvo intransigente y siempre una posición cerrada. Quería que todos los trabajadores regresaran a las fincas para negociar. Además, aseguraba que no estaba en condiciones económicas para incrementar los salarios.

"La Compañía no quería negociar porque, según ella, nosotros nos íbamos a dar por vencidos cuando se nos acabaran los alimentos", dice Robleda. Pero la Tela nunca miró desmayarse a un huelguista por debilidad física, por no comer. Los huelguistas tenían el apoyo de todo el mundo. "Muchas organizaciones internacionales nos mandaban dinero", dice Alberty. Además, los comerciantes de El Progreso, en su mayoría de origen árabe, les donaban o vendían al crédito algunos productos.

A los árabes, radicados en esa ciudad, les convenía que los trabajadores de las bananeras lograran un aumento de salario y la eliminación de cupones que les extendían en las compañías para que compraran artículos de primera necesidad en los comisariatos.

"Los comerciantes también iban a resultar favorecidos", dice Robleda. Los agricultores y ganaderos que mantenían confrontaciones con la Compañía, por asuntos de tierra, también eran soporte de los huelguistas. Aportaban maíz, frijoles y cabezas de ganado.

Para desgracia de los obreros, el 5 de junio, la Compañía logró un triunfo importante cuando cambiaron el primer Comité Central de Huelga. Nombraron a gente "que se inclinaba hacia las posiciones patronales. De ellos, sólo Henry Sheran, Rafael Alberty y Carlos Ramírez eran progresistas", dice Robleda.

El último comité estuvo compuesto por Antonio Rodillo, Manuel de Jesús Valencia, José Roberto Panchamé, Rufino Sosa, Rafael Alberty, Henry Sheran, Santos Ochoa, Israel Orellana, Benigno González, José Arnulfo Espinoza, José Cuba Gross, Humberto Díaz Zelaya, Céleo González y Carlos Ramírez.

A petición del presidente Gálvez, el 9 de julio, ese comité y los representantes de la Tela se trasladaron a Tegucigalpa donde llegaron a un acuerdo y pusieron fin a la huelga que duró 70 días.

- "Todo pasó sin que pasara nada" -dijo el gerente de la Tela, al finalizar la huelga.

Sin embargo, ese evento mejoró las condiciones de vida de los trabajadores en los campos bananeros y del resto de trabajadores del país.

Fuentes :

Bibliografía : El silencio quedó atrás/Marvin Barahona, Política y sociedad en Honduras/Víctor Meza, 40 años después, la verdad de la huelga de 1954 y de la formación del Sitraterco/Agapito Robleda, La mafia de New Orleans/Mario Secoff, La piel oscura del amanecer/José Fortuna, Historia de los sin historia/Mario R. Argueta, Interpretación del desarrollo social centroamericano/Edelberto Torres Rivas.

Entrevistas : Agapito Robleda, participante de la huelga ; Rafael Alberty, participante de la huelga ; Joaquín Portillo, historiador y catedrático del Centro Universitario Regional del Norte (CURN), Faustino Martínez, sociólogo y catedrático del CURN, Tomás formador sindical y Julio César Rivera, ex dirigente comunista.

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